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Capítulo 76:
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Esa noche, Adrian entró por la puerta dispuesto a hablar con Sophie con calma, preparado para convencerla de que reconsiderara su decisión.
Pero Sophie entró con una caja de comida para llevar, lo ignoró por completo y se encerró en el dormitorio sin decir una palabra.
Los días siguientes no fueron mejores. Ella lo evitaba a cada paso, escabulléndose en cuanto él aparecía. Las comidas se quedaban sin tocar; ella se negaba a sentarse frente a él. Cada oportunidad que él intentaba aprovechar se esfumaba antes de que pudiera abrir la boca.
La séptima noche, por fin, encontró la puerta de ella entreabierta. Al asomarse, Adrián vio a Sophie agachada junto a la cama, con una maleta medio llena a su lado.
«¿Adónde piensas ir?», preguntó él.
Sus movimientos se detuvieron. Sin mirarlo, respondió fríamente: «Ya están los resultados. Soy compatible. Me voy al hospital a prepararme para la operación».
Los pensamientos de Adrian se dispersaron, aturdido. «¿Aún vas a seguir adelante con esto?».
Sophie lo ignoró, doblando metódicamente cada prenda de ropa dentro de la maleta, con las manos moviéndose con rápida precisión.
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Adrian se obligó a mantener la voz firme. «¿Por qué no esperas a un donante de cadáver? Pagaré lo que sea necesario».
Sin levantar la cabeza, Sophie respondió con frialdad: «Es O negativo. Casi nadie lo tiene. Esperar no es una opción».
Su tono se endureció. «Soy la única compatible. Soy la única que puede salvarla».
Las palabras golpearon a Adrian como si le echaran agua helada por encima. Se quedó paralizado un instante antes de dar un paso adelante y agarrarle la muñeca con desesperación. «No tienes por qué hacer esto. No te vayas».
Ella tiró de su mano, tratando de liberarse, pero él la sujetaba con firmeza. Ella le lanzó una mirada fulminante, aguda e inflexible. «Suéltame».
«¡No lo haré!». La voz de Adrián se quebró por la emoción, con los ojos enrojecidos mientras apretaba el agarre. «Soy tu marido. Eso significa que tengo voz y voto, y me niego a permitirlo».
Respiró hondo, esforzándose por moderar el tono, aunque su mano aún temblaba. «No dejaré que te sacrifiques».
La habitación quedó en silencio, cargada de tensión.
Sophie le sostuvo la mirada, con voz mesurada pero fría. «Adrian, estás olvidando algo. Este matrimonio no es más que un contrato. Éramos desconocidos cuando empezó, y ninguno de los dos lo elegimos».
Su tono se mantuvo suave, pero cada palabra golpeaba con precisión, cortando a Adrian como diminutas cuchillas. «La única razón por la que hemos estado bajo el mismo techo es porque así era más fácil».
Sus labios se torcieron en una sonrisa amarga.
«¿Y ahora qué? ¿Me estás diciendo que en poco más de un mes te has enamorado de mí? ¿Que no soportas la idea de perderme?»
Adrian no dijo nada. Solo se aferró con más fuerza a su muñeca, con los ojos clavados en ella con una intensidad implacable.
Por fin, su voz se redujo a un susurro. «¿Y si eso fuera cierto?».
Antes de que Sophie pudiera reaccionar, acortó la distancia y capturó su boca en un beso feroz e implacable.
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