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Capítulo 331:
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El subastador se quedó desconcertado. «Señor, por favor, cálmese».
Tras el arrebato de David, se llamó a un grupo de empleados para que verificaran los resultados. Una vez que lo comprobaron de nuevo, uno de ellos dijo: «Señor, el número ganador es el 253678. No hay ningún error».
Ante eso, a David se le doblaron las rodillas y se derrumbó en el suelo. Sus pensamientos se agitaron mientras levantaba la cabeza de golpe, clavando en Kevin una mirada furiosa. «¡Fuiste tú! ¡Ni siquiera hiciste una puja!».
Con voz firme y casi inocente, Kevin respondió: «Sí que la hice, señor Lloyd. Justo delante de sus ojos. ¿Ya lo ha olvidado?».
David se puso en pie de un salto, se abalanzó sobre la caja de pujas y empezó a rebuscar entre los resguardos. Al poco rato, sacó la hoja marcada con el pujador 101. En la línea del importe, la escritura se leía clara y nítida.
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Cinco millones y un dólar.
Solo un dólar por encima del precio de salida. Esa cifra nunca debería haber ganado.
«¿Por qué no lo subiste a 50 000 001 dólares?», preguntó David con la voz quebrada, casi en un gemido.
Al encontrarse con su mirada fulminante, Kevin habló con un ligero tono de lástima. «¿Por qué iba a subirlo tanto? Esta joya no vale ni de lejos ese precio».
«¡Se suponía que debías hacerlo!», gritó David, ahogándose con sus propias palabras. «¡Se suponía que debías pujar más alto que yo en todo momento, para arrebatarme todo lo que yo intentara conseguir!».
Una revelación lo golpeó como un puñetazo. «¿Dónde está tu jefe, entonces? ¿No era su orden llevarse todo lo que yo eligiera? Has dejado escapar esta. ¿Cómo vas a explicar eso?».
Su voz se aferraba desesperadamente a esa última defensa.
Kevin respondió simplemente: «Mi jefe no es tonto».
«¡Eso no puede ser cierto! ¡Ni siquiera está presente!
¿Cómo podría saber lo que ha pasado aquí y cambiar los planes tan rápido?». La mente de David daba vueltas ante esa idea.
Su supuesto plan perfecto se había basado por completo en la ausencia del Sr. K, asumiendo que Kevin obedecería ciegamente. Cada movimiento se había calculado para atrapar a esa figura esquiva, para humillar al Sr. K en público y vaciarle el bolsillo de millones. Ya se había imaginado la ira del Sr. K y su propia sonrisa triunfal.
Sin embargo, de alguna manera, todo se había desmoronado.
Kevin reflexionó en silencio. La verdad era sencilla: cada puja había sido guiada por la señal de su jefe. Justo después de que David hiciera su jugada, el instinto de Kevin había sido mirar a su jefe. Un ligero movimiento de cabeza fue todo lo que hizo falta, y lo entendió de inmediato.
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