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Capítulo 330:
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Apenas conteniendo la risa, David apretó los labios con tanta fuerza que le dolían las mejillas. No dejaba de repetirse a sí mismo que tenía que mantener la compostura antes de que el subastador anunciara el plazo y confirmara la puja de Kevin.
Cada tictac del reloj hacía la espera más insoportable.
Por fin, el subastador colgó el cartel esmeralda y pidió el recuento final. La sala parecía contener la respiración.
Eso fue demasiado para David. Un fuerte resoplido se le escapó antes de que pudiera evitarlo, resonando por todo el recinto. Todas las caras de la sala se volvieron hacia él, con la confusión pintada en ellas.
Los ojos de Alice se posaron rápidamente en David, con la preocupación grabada en cada arruga. Temía que por fin hubiera perdido la cabeza. «David, ¿te encuentras bien?».
David hizo caso omiso de su preocupación, sin apartar la mirada de Kevin. Con una mueca de desprecio, habló en voz alta, lo suficientemente alta como para que todos lo oyeran. «Tengo que admitir que el Sr. K debe de tener mucho dinero si puede permitirse pagar tanto por una piedra. Esta vez no hay forma de evitarlo. Vas a pagar aquí y ahora».
La expresión de Kevin se mantuvo fría como el hielo, sin delatar nada.
Al ver eso, David decidió explicárselo con detalle. «¿Aún no lo pillas? Solté ese precio ridículo solo para atraerte. Mordiste el anzuelo y pujaste aún más alto, así que ahora te has quedado con una gema sobrevalorada. ¿Ya lo has entendido?».
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Alice lo comprendió de repente. «¡Así que ese era tu plan desde el principio!».
David le rodeó los hombros con el brazo, con orgullo en la mirada. «¿De verdad creías que iba a gastarme 50 millones de dólares en una simple gema? Solo un idiota haría eso».
Era imposible pasar por alto la admiración en el rostro de Alice. «¡Eres brillante!».
La victoria por fin parecía real, y Alice no pudo evitar saborear ese dulce momento.
Ni siquiera un atisbo de emoción cruzó el rostro de Kevin. Se quedó allí, impasible, como si nada de esto le afectara.
Con voz mesurada, lanzó una advertencia. «Sr. Lloyd, quizá le convenga callarse y escuchar las pujas».
Alice estudió a Kevin, buscando cualquier signo de nerviosismo. «Ni siquiera parece preocupado. ¿Por qué no está nervioso?».
David no pudo evitar burlarse. «No es su dinero lo que está en juego, ¿verdad? Le da completamente igual. A ver qué tan tranquilo está cuando su jefe se entere de este desastre. Ya verás: ¡tendrá que dar algunas explicaciones!».
Justo en ese momento, la voz del subastador resonó, recitando los números. «6,3 millones de dólares. 11 millones de dólares. 9,5 millones de dólares».
Todas las primeras pujas se mantuvieron dentro de lo razonable, sin superar nunca los quince millones.
Pero entonces el subastador leyó la siguiente puja. «50 millones de dólares».
Al instante, un murmullo recorrió la multitud. La gente intercambió miradas de sorpresa y los susurros llenaron la sala.
«¿Quién pujaría tanto? ¿Están locos?».
«Debe de ser alguien con más dinero que sentido común. Esa piedra vale 20 millones de dólares como mucho. Menudo pringado».
«Quizá sea solo algún bromista que planea largarse sin pagar».
Al escuchar los murmullos, David parecía francamente encantado, y su sonrisa se hacía aún más amplia con cada comentario. Murmuró para sí mismo: «Que se rían ahora. Alguien está a punto de pujar más alto y llevarse el gato al agua».
David sintió una emoción, convencido de que la siguiente cifra lo salvaría de la vergüenza. Los segundos se hacían eternos mientras el subastador seguía revelando las hojas, y ninguna de ellas le ofrecía el salvavidas que David esperaba.
La sonrisa de confianza de David comenzó a desvanecerse. Siguió esperando, pero el número de Kevin nunca apareció. Su pecho latía con la tensión creciente mientras una fría inquietud se apoderaba lentamente de él.
Eso no podía estar bien. Tenía que aparecer en cualquier momento. Solo tenía que mantener la calma un poco más.
El rostro de David perdió todo su color. El sudor empapaba su espalda, resbalando como agua que se cuela por las grietas.
Por fin, el subastador anunció el veredicto.
«Todas las pujas verificadas. El ganador del lote A1356 es el postor 253678, con un precio de 50 millones de dólares».
«¿Qué?». El mundo pareció tambalearse. La voz de David se alzó, ronca e incrédula. «¡No! ¡Eso no es posible!».
Alice lo miró atónita, balbuceando: «David… ese es tu número».
«¡Lo has leído mal! ¡Compruébalo otra vez!». El pánico se apoderó de David. Casi tropieza consigo mismo al abalanzarse hacia las pujas, con el rostro desfigurado por la desesperación. «¡Debe de haber otro error ahí! ¡No puedo ser yo!».
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