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Capítulo 273:
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«Entendido, señor Knight», respondió Neil.
Condujeron hacia el centro de la ciudad, dejando atrás las sinuosas carreteras.
A Adrian le había costado un enorme esfuerzo localizar el escondite de la banda en medio de la nada. Incluso a toda velocidad, el trayecto hasta la ciudad duraría al menos una hora.
Con cada minuto que pasaba, Adrian acariciaba suavemente la espalda de Sophie, susurrando: «Aguanta un poco más».
Ni por un momento se disipó su preocupación mientras la cuidaba.
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El pelo de Sophie estaba enredado, su ropa estaba arrugada y los feos moratones a lo largo de su mejilla delataban que la habían golpeado.
La rabia ardía en el pecho de Adrian y, por un momento, deseó poder volver atrás y hacer que esos hombres pagaran una y otra vez.
Una mancha de sangre en el cuello de Sophie le llamó la atención. El miedo le oprimió el corazón. La examinó de pies a cabeza. El alivio lo invadió al comprobar que no estaba herida.
Lo más probable era que la sangre que manchaba su cuello ni siquiera fuera suya.
Ver a Sophie en aquel estado sumió a Adrian en una oleada de culpa de la que no podía librarse. Solo habían pasado un día separados y ella parecía haber sobrevivido a una tormenta.
En casa, Adrian se preocupaba por el más mínimo rasguño si Sophie se cortaba en la cocina. Ahora, mientras él había estado fuera, ella se había visto obligada a sufrir horrores que él apenas podía imaginar.
Extendió la mano y le acarició suavemente la mejilla con los dedos, pero se echó atrás al sentir el intenso calor que irradiaba su piel.
En un instante, se dio cuenta de que la fiebre había empeorado desde que salieron del sótano.
No era solo su cara: todo lo que tocaba estaba inusualmente caliente. Sophie estaba claramente angustiada, revolviéndose inquieta mientras él la sostenía.
La sacudió suavemente. «Cariño, ¿me oyes? Despierta».
Poco a poco, abrió los ojos, pero parecía perdida y distante.
«Necesito agua», susurró, con una voz que apenas era más que un suspiro.
Sin dudarlo, Adrian cogió una botella de agua, le quitó el tapón y la ayudó a beber.
Sophie la bebió tan rápido que la mitad del agua le goteó por la barbilla, dejándole la camiseta empapada.
Al bajar la vista, Sophie parpadeó al ver la mancha fría en su ropa y murmuró: «Se siente bastante bien».
Adrian le secó con cuidado el agua del cuello con un pañuelo de papel. «¿Te sientes mejor?», le preguntó en voz baja.
Sophie no respondió; en cambio, se le llenaron los ojos de lágrimas y estas comenzaron a derramarse mientras se ponía a llorar.
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