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Capítulo 247:
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Sarah la observó de cerca, con los ojos llenos de preocupación. «Sophie, háblame. Por favor, no te enfades por Adrian. No merece tu dolor. Pensaba que él era diferente, pero, sinceramente, todos son una decepción».
Sarah apretó la mano hasta formar un puño. «¿Por qué no entramos ahí y le enseñamos a ese cabrón exactamente cómo se siente? ¡Podemos sacar a rastras a su nueva conquista delante de todo el mundo, montar un escándalo en plena plaza comercial!»
En lugar de enfadarse, Sophie se limitó a negar con la cabeza. «No, Sarah. Solo necesitaba verlo con mis propios ojos. Ahora que sé la verdad, con eso me basta».
Sarah parpadeó, completamente desconcertada. Sophie había venido corriendo, lo había visto con sus propios ojos, ¿y ahora simplemente estaba dispuesta a marcharse?
«¿Me estás diciendo que ni siquiera vamos a llamarles la atención? ¿Vamos a dejarla salir tan fácilmente?», preguntó Sarah.
Una leve y triste sonrisa se dibujó en los labios de Sophie. «Mira más de cerca. No están actuando a escondidas. Planean casarse. No soy un obstáculo en su historia. Si este es el lugar al que pertenece Adrian, no me interpondré en su camino».
Sarah apenas podía contener su frustración. «¿En serio? ¿Eso es todo? ¿Simplemente los vamos a dejar salirse con la suya?»
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Sin decir nada más, Sophie se dio la vuelta para marcharse, con la voz firme como siempre. «¿De verdad quieres que entre ahí y monte un escándalo? ¿Que grite, llore, suplique una explicación? Esa no soy yo».
Sacudió la cabeza con firmeza. «No pienso salir ahí fuera haciendo el ridículo. Si las cosas realmente están acabando entre Adrian y yo, lo menos que podemos hacer es terminar este matrimonio con un poco de dignidad».
Como si intuyera algo, Adrian miró de repente hacia la pared de cristal. Por alguna razón, sentía que estaba perdiendo algo precioso.
Más allá del cristal, solo pasaban unos pocos desconocidos, ninguno de los cuales les dedicaba una segunda mirada.
Quizá solo estaba siendo paranoico, persiguiendo sombras que no existían.
Por detrás, Daisy intentó sacarlo de su ensimismamiento. «Adrian, ¿te gusta este vestido o no?».
Adrian apenas se molestó en mirar, y respondió con voz monótona: «Ese no te queda bien».
El esfuerzo que le costaba a Daisy mantener la sonrisa era casi palpable.
Desde que empezaron a ir de compras, cada vez que le pedía su opinión se topaba con la misma respuesta inexpresiva. «Ese no te queda bien».
Sin embargo, antes, cuando salió con el vestido de novia puesto, por un instante vio que la mirada de Adrian por fin se posaba en ella.
La esperanza se encendió: tal vez por fin había logrado llegar a él.
Pero él la desanimó de nuevo con las mismas palabras frías. Por un momento, Daisy no deseó nada más que estallar, mandarlo a freír espárragos y salir furiosa.
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