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Capítulo 18:
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Adrian negó con la cabeza con firmeza. «No será necesario. Tengo dinero en efectivo».
Pero cuando abrió el compartimento interior, lo único que encontró fueron doscientos dólares: el dinero que Sophie le había dado ayer para ropa.
La habitación pareció quedarse en silencio.
Adrián se dio cuenta entonces de lo mucho que siempre había dependido de las tarjetas y de que apenas llevaba dinero en efectivo encima. Sophie, por su parte, pensó que solo era él tratando de mantener su orgullo.
Pero ahora, casi podía sentir lo mucho que el silencio le oprimía.
Rápidamente, intentó suavizar las cosas. «Oye, doscientos ya es algo. Yo pondré los ochocientos restantes».
El hombre de las gafas de sol contuvo una risa mientras cogía los mil dólares reunidos a duras penas. Pero en cuanto entró en el ascensor, se pegó a la pared, gritando en silencio por contenerse.
Apenas una hora antes, cuando Adrian lo había llamado, estaba confundido. Ahora, todo estaba claro. ¿Quién lo hubiera pensado? Adrian, antes intocable y temido por todos, ahora estaba siendo cuidado por una mujer.
Incapaz de guardárselo para sí mismo, llamó rápidamente a Neil.
Pero Neil, tras escucharlo, solo se burló. «¿Eso es todo?».
Terry Welch estaba armando un escándalo por nada. Si alguna vez veía a Adrian fregando los platos, probablemente se desmayaría en el acto.
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Mientras tanto, dentro del ático, Adrian cerró la cartera con un chasquido seco.
Con la cabeza gacha, dijo en voz baja: «Mañana empezaré a buscar trabajo».
Sophie abrió la boca, dispuesta a decirle que no había necesidad de precipitarse, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Había pensado en la idea de que Adrian trabajara para echar una mano, pero entonces su mente divagó hacia la máscara que siempre llevaba y las cicatrices que se esforzaba tanto por ocultar. ¿Y si la gente lo trataba injustamente? ¿Y si sus compañeros de trabajo lo evitaban o sus jefes lo juzgaban de inmediato?
Esa idea la inquietaba, y dejó que la sugerencia muriera antes de que saliera de sus labios.
Alimentar a una boca más no era una gran carga, de todos modos. Podía encargarse de eso ella sola. Pero como Adrian había sacado el tema él mismo, sabía que su orgullo no le permitiría quedarse de brazos cruzados mientras ella trabajaba sola.
«De acuerdo, entonces», respondió Sophie con dulzura. «Pero si las cosas no salen bien, simplemente aléjate. No te exijas demasiado».
Enderezando la espalda, se dio una palmada en el pecho con aire seguro. «Yo me encargo de nuestro hogar».
Adrian respondió con un murmullo, pero la ligera curva en la comisura de sus labios delató lo mucho que le habían conmovido sus palabras.
De repente, Sophie recordó algo. Se quitó el anillo de diamantes del dedo y se lo tendió. «Toma. Deberías quedarte con esto».
La expresión de Adrian se ensombreció en un instante. Su voz bajó de tono, pesada y cortante. «¿Qué significa esto? ¿Estás pensando en dejarme?».
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