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Capítulo 118:
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El gesto de Sophie encendió algo dentro de Adrián, como una chispa recorriendo una mecha oculta.
Sus labios se movieron con una urgencia salvaje, esparciendo besos por su mejilla, rozando su oreja, descendiendo por su cuello con un calor que se negaba a desvanecerse. Cada caricia provocaba ondas bajo su piel, y su cuerpo temblaba bajo el torrente de sensaciones.
Su palma, ardiente, se deslizó bajo el borde de su bata y reclamó la suavidad de su muslo; la presión íntima hizo que su propia respiración se volviera entrecortada.
Un sonido grave y satisfecho retumbó en su pecho mientras levantaba la cabeza, con la mirada fundida, clavándose en la neblina que nublaba los ojos de ella. Una sonrisa torcida se dibujó en su boca. Su voz era grave y áspera, cargada de deseo. «Cariño. »
Se demoró en la palabra, rozando su nariz contra la de ella, su aliento ardiendo sobre su piel. «Entonces, ¿así es como vas a compensar la noche de bodas que nunca tuvimos?»
Sophie se quedó rígida en sus brazos.
Se sintió como si le hubieran echado agua helada encima, apagando el fuego y arrastrándola de vuelta al presente.
Las crueles burlas de Alice volvieron a su mente. «Despierta. A él no le importa quién sea la mujer. Lo único que ha amado siempre es el nombre de Alice Barnes. Mientras alguien lleve ese nombre, él desempeñará el papel de marido devoto».
¿Adrian la quería, o era solo el título de esposa lo que ataba sus sentimientos?
Si Alice se hubiera presentado ante el altar aquel día, ¿sería ella quien estuviera ahora en sus brazos, besada y abrazada, reclamada sin vacilar? Quizá su noche de bodas no se habría retrasado en absoluto. Quizá Alice ya habría…
La idea revolvió el estómago de Sophie. Una oleada de repulsión le subió por la garganta, y su instinto le exigió que lo apartara. Empujó con la mano contra su pecho, creando de repente una distancia entre ellos.
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El movimiento lo congeló todo.
Los labios de Adrian se detuvieron. Sus ojos, que hacía un momento ardían, pasaron a mostrar confusión e incredulidad. Bajó la mirada hacia la mujer que tenía debajo, sintiendo la fuerza inquebrantable de su palma y el repentino frío que irradiaba su cuerpo rígido.
«Cariño», dijo Adrian, con una voz más suave de lo habitual mientras intentaba captar la mirada que no dejaba de esquivarlo. «Háblame. ¿Qué está pasando?«
Sophie se mordió con fuerza el labio mientras fijaba la mirada en cualquier sitio menos en él.
Las palabras que quería decir se le atascaron en la garganta, imposibles de pronunciar.
¿Le habría dado Adrian a Alice la misma ternura si hubiera sido ella quien se casara con él? Si Sophie no hubiera estado allí, ¿seguiría mirándola con ese cariño?
Cada segundo frente a Adrian la hacía sentir más pequeña, más débil. Lo que más temía era la respuesta: la idea de que la verdad pudiera destrozar todo lo que había entre ellos.
No se atrevía a poner en peligro el frágil equilibrio que habían construido. En cambio, se aferró con fuerza al consuelo de una mentira, atesorando la ilusión incluso mientras esta la carcomía. El miedo la empujaba más profundamente hacia la máscara de Alice, porque al menos esa máscara le permitía vivir tranquilamente a su lado.
Bajó las pestañas y su voz salió como un susurro tembloroso. «Lo siento. Es solo que… aún no estoy preparada».
¿Cómo iba a entregarse a él por completo mientras se escondía tras el nombre de otra mujer, mientras él la amaba sin conocer la verdad? Se dijo a sí misma que necesitaba más tiempo. Solo hasta que pudiera reunir el valor para desnudarlo todo.
Adrian se quedó paralizado al asimilar sus palabras.
Se volvió hacia Sophie con los ojos muy abiertos, como si lo que ella había dicho le hubiera dejado sin aliento. Ella había echado por tierra todo justo en ese momento, justo cuando más importaba.
Soltó una risa aguda y sin humor.
Tenía ganas de agarrar a Sophie y hacerle entender exactamente lo que había hecho, de sacudirla para que entrara en razón. Pero por muy fuerte que fuera ese sentimiento, no se atrevió a ponerle la mano encima.
Su espalda se tensó al apartarse, cada movimiento tenso por la ira contenida. Su voz salió como un gruñido grave, cada palabra pronunciada entre dientes. «Uno de estos días, vas a volverme loco».
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