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Capítulo 395:
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«¡Damon, para!», gritó Eliza empujándole contra el pecho. «Estás cruzando una línea».
«No hay límites», murmuró él, con los labios rozando su clavícula y la mano jugueteando con la cremallera de su vestido —no un desgarro violento, sino un deslizamiento presuntuoso y resbaladizo—. «Ahora eres mía. El contrato… somos socios. Déjame sellar el trato».
La repugnancia se le revolvió en el estómago. No era la fuerza bruta de un matón. Era la repugnancia de un hombre que creía de verdad que había pagado por el derecho a tocarla, que ella debía someterse porque él había firmado un cheque.
«¡No formo parte del inventario!», siseó Eliza.
No entró en pánico. Calculó. Él era pesado, estaba febril y se apoyaba en ella. Levantó la rodilla —con fuerza y precisión—.
Le dio en el muslo, justo debajo de la cadera.
Damon gritó. Perdió el equilibrio. Rodó fuera de la cama y se estrelló contra el suelo.
¡Pum!
Aterrizó sobre su brazo lesionado. Los puntos se rompieron. La sangre fresca empapó el vendaje al instante.
—¡Ahhh! —gritó Damon, acurrucándose en posición fetal.
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Eliza se bajó de la cama a toda prisa, se arregló el vestido y se limpió el sudor de su piel. Lo miró con puro asco.
«Has intentado…»
«¡Estoy enfermo!», sollozó Damon desde el suelo, cambiando de táctica al instante. Se agarró el brazo y la miró con los ojos muy abiertos y heridos. «¡Ardo en fiebre, Eliza! ¡No sabía lo que hacía! La fiebre… ¡Pensé que querías consuelo!».
—¿Consuelo? —Eliza dio un paso atrás—. Intentaste bajarme la cremallera del vestido.
«¡Estaba delirando!», gritó, con las lágrimas mezclándose con el sudor de su rostro. «¡Y ahora mira… me has hecho daño! ¡Estoy sangrando! ¡Eliza, ayúdame!».
Eliza miró la sangre que se acumulaba en el suelo de madera. Era una lección magistral de manipulación. Había intentado violarla y, en cuestión de segundos, se había reinventado a sí mismo como la víctima que necesitaba ser rescatada.
Ella quería marcharse y dejarlo pudrirse. Pero si él moría, el acuerdo con Solomon moriría con él. Lo necesitaba vivo. Necesitaba su dinero para luchar contra Dallas.
Cogió una toalla y se la lanzó. No se arrodilló. Mantuvo la distancia.
—Pruétala contra la herida —le ordenó con frialdad.
—Eliza… —se quejó él.
—Estás enfermo, Damon —dijo Eliza, con la voz temblorosa por la rabia contenida—. Y no solo por la fiebre. Tócame otra vez y dejaré que te desangres. ¿Lo entiendes?
—No te vayas —suplicó Damon, presionando la toalla contra su brazo, con los ojos siguiendo cada uno de sus movimientos—. Por favor. Tengo miedo. Te necesito.
Era la súplica de un niño, que ocultaba el alma de un tiburón.
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