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Capítulo 946:
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Valeria se acercó un paso, con los ojos aún ligeramente enrojecidos. «No es la empresa lo que me importa. Es solo que… Simplemente no quiero seguir sentada sola, esperando. Aunque solo esté en la zona de trabajo, observándote desde la distancia, eso me basta».
Bajó la mirada, con la voz temblorosa. «Ahora solo te quedas tú…»
Algo en su actitud más suave pareció llegar a él. Su expresión se suavizó; extendió la mano y le tocó suavemente la frente. «¿Solo han pasado unos días y ya te has encariñado tanto? Está bien. Te llevaré conmigo».
«De acuerdo». Valeria esbozó una pequeña sonrisa, aunque una sombra de complejidad perduraba en su mirada.
Condujeron hasta Theoria Sciences.
Lyndon señaló hacia la zona de trabajo abierta. «Siéntate aquí y espera. Volveré en cuanto haya terminado con todo. No te alejes».
Valeria asintió y se acomodó en la silla, con la mirada siguiéndole con cariño.
Aquella estrategia surtió efecto en él. Al darse la vuelta, una curva de satisfacción, casi de suficiencia, se dibujó en sus labios. «Conquistarla ha resultado ser más fácil de lo que pensaba. Unas pocas palabras amables y ya se está derritiendo».
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Empujó la puerta de la oficina para abrirla. Dentro, Robert estaba desplomado en la silla. Los primeros auxilios apenas lo habían estabilizado: su camisa blanca estaba manchada de sangre oscura, tenía el rostro pálido y el pecho vendado con un vendaje empapado de sangre.
Al oír la puerta, Robert levantó lentamente la cabeza. Cuando sus ojos se encontraron con los de Lyndon, sus pupilas se redujeron hasta convertirse en puntos minúsculos.
—Tú… tú no puedes matarme —dijo con voz ronca, mientras le invadía el pánico—. Soy el único que puede completar la combinación. Sin mí, el experimento fracasará.
Lyndon se dejó caer en la silla frente a él, ladeando la barbilla con fría arrogancia. «¿Un traidor como tú sigue creyendo que necesito mantenerte con vida? ¿De dónde has sacado esa confianza?»
Cruzó las piernas, deslizando la mirada hacia el maletín que descansaba cerca. «Aunque no pueda sustituirte por otro científico de primer nivel de inmediato, ¿por qué debería creer que eres el único capaz de completar el trabajo? Lo que más desprecio es la traición. Nunca debiste haberte marchado con todos los datos experimentales».
Lyndon hizo un pequeño gesto con la mano hacia arriba. Wray, que permanecía en silencio a un lado, levantó el tubo de acero y lo descargó con fuerza sobre la espalda de Robert.
Se oyó un golpe sordo y húmedo. Robert se desplomó en el suelo, tosiendo bocanadas espesas de sangre, al borde de perder el conocimiento.
Jadeaba, con los ojos vidriosos de terror. «No… los datos tienen problemas. Solo dame tiempo. Puedo arreglarlo».
Para Lyndon, esa súplica no sonaba más que como otra excusa.
Otro crujido sordo y repugnante: el tubo se estrelló contra la pantorrilla de Robert. El chasquido agudo del hueso al romperse resonó por toda la habitación.
Afuera, Valeria permanecía sentada, con la mirada fija en la puerta cerrada de la oficina.
Se levantó en silencio, apretando los dedos alrededor de su teléfono. Ya había iniciado la grabación.
Moviéndose con cuidado, se acercó a la puerta, se inclinó ligeramente y la abrió lo justo para crear una estrecha rendija.
Un grito desgarrador de agonía brotó del interior; la mano de Valeria se sacudió, a punto de dejar caer el teléfono.
Se recompuso, temblando, y levantó el dispositivo para grabar lo que estaba sucediendo.
«Deshazte de él», ordenó Lyndon. «Que no quede rastro».
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