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Capítulo 777:
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El coche se sumió en el silencio y, un momento después, el teléfono de Lyndon vibró con un nuevo mensaje: «Valeria ha vuelto a la iglesia a rezar de nuevo».
Una sutil chispa de intriga destelló en la mirada de Lyndon. El informante había resultado ser bastante útil.
«Da la vuelta», ordenó con frialdad. «Conduce de vuelta a esa iglesia por la que pasamos hace unos días».
Bajo el techo abovedado del tranquilo santuario, Valeria permanecía sentada con la barbilla gacha, formulando deseos en silencio —no por Theo, sino por los nietos que anhelaba tener algún día—. Con los dedos entrelazados con fuerza, murmuraba oraciones suaves y sinceras.
Unos pasos resonantes se deslizaron por la tranquila sala, lo que la llevó a levantar la vista. Enmarcado en la puerta se encontraba Lyndon con un abrigo gris carbón, una bolsa de tela sencilla colgando de una mano. Inclinó la cabeza cortésmente. —Parece que nuestros caminos se han vuelto a cruzar.
La sorpresa se reflejó en el rostro de Valeria mientras se ponía en pie. —Señor Potter, ¿también ha venido aquí a rezar?
Con pasos pausados, Lyndon se acercó a la hilera de velas votivas titilantes y dejó la bolsa sobre la mesa. «Me he pasado para encender una por mi hijo», respondió con serenidad. «La última vez me fui corriendo antes de tener la oportunidad».
Una suave dulzura se reflejó en los ojos de Valeria mientras observaba su expresión serena. «Su hijo… ¿también está aquí?»
«Sí», respondió Lyndon. «Ya pasé antes para presentar mis respetos. Solo había salido a dar un paseo y no esperaba volver a cruzarme con usted».
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Con un gesto suave, Valeria señaló el espacio vacío a su lado. «Por favor, siéntate».
Se acomodaron hombro con hombro en el banco de madera pulida, y la mirada de Lyndon se posó en la esbelta vela de oración mientras su frágil llama temblaba en el aire tenue de la capilla. Un tono de curiosidad teñía su voz. «¿Estás rezando por tu hijo otra vez?».
Una suave sonrisa se dibujó en los labios de Valeria mientras negaba ligeramente con la cabeza. «No», murmuró, con los ojos llenos de una tranquila esperanza. «Rezo por los nietos que aún no han nacido». Una suave sonrisa se dibujó en sus labios. «Mi nuera mayor está embarazada. Ya solo quedan unos meses».
Una breve sombra cruzó los ojos de Lyndon antes de que lograra asentir cortésmente. «Enhorabuena. Si mi hijo aún estuviera aquí, yo también estaría esperando nietos».
La voz de Valeria se suavizó hasta convertirse casi en un susurro. «De verdad desearía que el pasado hubiera sido diferente».
La amargura se apoderó de la boca de Lyndon mientras suspiraba: «Yo también, pero el pasado no se reescribe. Dejarlo atrás no es nada fácil».
Un pesado silencio se instaló entre ellos, prolongándose de forma incómoda. Tras un momento, la mirada pensativa de Lyndon se posó en Valeria. «Sra. Stanley, hay un pequeño favor que me gustaría pedirle».
La curiosidad brilló en los ojos de Valeria mientras lo miraba.
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