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Capítulo 35:
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Gracie salió de la notaría y exhaló profundamente, como si liberara semanas de tensión acumulada.
El sol le bañaba el rostro, cálido y liberador. Arqueó la espalda en un perezoso estiramiento. «Qué re…»
La palabra se le atragantó en la garganta. Sus brazos se quedaron paralizados en el aire cuando una sombra se cernió sobre ella. El corazón se le aceleró. Esbozando una sonrisa irónica, dijo: «Qué casualidad encontrarte aquí».
«No exactamente. He venido aquí por ti». El rostro de Brayden —de rasgos marcados y elegancia contenida— rara vez delataba emoción alguna. Pero cuando su mirada se posaba en Lia, algo en sus ojos se derretía en silencio.
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Agarró a Gracie por la muñeca y la condujo hacia el elegante Maybach que esperaba junto a la acera.
«Gracie…», comenzó a decir Phoebe, saliendo del todoterreno, pero Charlie se interpuso ante ella como un muro. «Harías bien en no meterte en los asuntos de un matrimonio».
De pie junto a la carretera, Phoebe se quedó mirando el Maybach inmóvil, con la preocupación grabada en el rostro, incapaz de ayudar.
Gracie se dejó caer con fuerza contra el asiento de cuero, y su cuerpo se sacudió cuando la puerta se cerró de golpe tras ella. Una leve arruga empañó sus cejas, por lo demás serenas.
El conductor salió del coche sin decir palabra, encendió un cigarrillo y dejó el aire en el interior cargado de silencio… y tensión.
Brayden se volvió hacia Gracie, con una expresión tan fría e inflexible como el mármol. «¿Qué estás tramando esta vez?», preguntó, con un tono tan cortante que parecía capaz de cortar. Su mirada penetrante no vaciló ni un instante, como si estuviera decidido a leer cada matiz de su rostro.
Gracie soltó un suspiro suave e irritado y murmuró: «De verdad tienes ojos en todas partes, ¿no?».
—¿Qué has dicho? —espetó él, entrecerrando los ojos.
Gracie enderezó los hombros mientras lo miraba de frente. —Nuestro acuerdo lo deja claro: ninguno de los dos puede entrometerse en los asuntos del otro. Estás cruzando esa línea.
Brayden la observó en silencio. Bajo el desafío que ardía en sus ojos, no encontró rastro alguno de engaño, solo una firme convicción y la cruda frustración de alguien que lucha por el trabajo que la define. ¿La había juzgado mal todo este tiempo?
Se recostó en el asiento, relajando un poco la postura. —Aun así, no deberías haber metido a Theo en esto… ni haberlo convertido en una pelea entre él y tu padre.
«Solo me estaba protegiendo. Ellos tomaron sus propias decisiones».
Gracie se frotó la muñeca, con un tono tranquilo pero firme. —Si eso es todo, me voy antes de que esto se complique más.
Abrió la puerta y salió, subiéndose al todoterreno que la esperaba junto a la acera. Solo cuando vio que el Maybach permanecía inmóvil en el retrovisor, dejó escapar un silencioso suspiro de alivio.
Se había arriesgado, confiando en el sentido de la justicia de Brayden, en su renuencia a dejar que los lazos familiares nublaran su juicio.
Y, contra todo pronóstico, su apuesta había dado sus frutos.
Aun así, se dio cuenta de que tendría que reforzar esa frágil confianza, y un plan silencioso ya se estaba gestando en su mente.
En el Maybach, Charlie se deslizó en el asiento del copiloto. Preguntó con cautela, echando un vistazo por el retrovisor: «¿Deberíamos avisar a Theo de que Alan podría mover los fondos en cualquier momento?».
La mirada de Brayden se ensombreció, con las palabras de Gracie resonando en su mente.
Tras una larga pausa, dijo en voz baja: «No hace falta. Gracie tiene razón: la decisión recae en Theo y Alan».
No podía permitirse violar el acuerdo. En las implacables corrientes del mundo empresarial, la sinceridad fuera de lugar solo invitaba a la explotación. Las acciones de Gracie no eran rebeldía, eran instinto de supervivencia.
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