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Capítulo 1117:
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Jessie se quedó donde estaba, inmóvil, viendo cómo su silueta desaparecía tras la curva de la escalera.
Sacó su móvil. En la pantalla seguía apareciendo un mensaje de Gracie, enviado una hora antes.
«Eaton ha aparecido. Cancela la trampa. No dejes que le pase nada».
Jessie regresó a su habitación y cerró la puerta con llave tras de sí.
Abrió su portátil, buscó la grabación anterior y empezó a reproducirla desde el momento en que Gracie entró en el patio trasero.
Avanzó rápidamente por la línea temporal hasta que apareció una silueta en la esquina superior derecha y, entonces, detuvo el vídeo.
Sus delgados dedos se movieron con rapidez sobre el teclado mientras iniciaba un programa de restauración de imágenes que había tardado tres años en desarrollar. El software se basaba en algoritmos para reconstruir los detalles que faltaban en las grabaciones de baja resolución.
Pulsó Intro.
El programa comenzó a procesar.
Apretó el ratón con más fuerza sin darse cuenta.
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En la pantalla, el contorno difuso se fue haciendo cada vez más nítido, como si se estuviera limpiando lentamente la niebla de un espejo.
Un leve temblor le recorrió las yemas de los dedos.
Aquella silueta era algo que había reconocido desde que era niña.
«Eaton… por favor, que no seas tú…», susurró para sus adentros.
A continuación, abrió otra carpeta y sacó una foto en alta definición de Eaton tomada en una gala empresarial el mes anterior. Importó ambas imágenes a un programa de comparación.
Los datos se sucedieron rápidamente en la pantalla antes de que apareciera el resultado final.
Coincidencia del noventa por ciento en la superposición de siluetas.
Jessie palideció.
Se quedó mirando el resultado durante un largo rato y, a continuación, cerró de golpe el portátil.
Sentada en el borde de la cama, se cubrió el rostro con ambas manos, con los hombros temblando.
En la finca de los Stanley, Gracie yacía despierta, revolviéndose inquieta, incapaz de conciliar el sueño.
Una imagen no dejaba de repetirse en su mente: Eaton de pie en la entrada del laboratorio, con la mirada recorriendo el archivo de datos sobre la mesa de trabajo, y esa expresión fugaz que se le había dibujado en el rostro.
No había sido simple curiosidad.
Después de tantos años trabajando en un laboratorio, se había acostumbrado a las diferentes miradas que la gente dirigía a su investigación.
Envidia. Codicia. Admiración.
Podía descifrarlas todas sin esfuerzo.
Pero la mirada que le había dirigido Eaton se asemejaba a la concentración de un depredador.
En ese momento, el sonido de la puerta al abrirse la sacó de sus pensamientos.
Los pasos le resultaban familiares, al igual que el tenue aroma a colonia.
Gracie permaneció inmóvil, tumbada de lado, con la respiración tranquila.
El colchón se hundió ligeramente cuando Brayden se sentó en el borde de la cama. —Sé que estás despierta.
Gracie abrió los ojos y se giró para mirarlo.
A la pálida luz de la luna, su rostro parecía demacrado, con las ojeras aún más marcadas que antes.
—¿Por qué te fuiste del hospital tan de repente? El médico dijo que tenías que quedarte en observación al menos cuarenta y ocho horas. —Su tono era suave, pero la preocupación que se escondía tras él era evidente.
—Estaba preocupada por Valeria. —Gracie se incorporó y se apoyó en el cabecero—. Y quería comprobar yo misma cómo estaba la finca, para asegurarme de que ya no quedara por allí nadie de la gente de Lyndon.
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