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Capítulo 751:
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Punto de vista de la autora
Cecilia cerró la puerta del baño tras de sí, ansiosa por quitarse de encima el caos del día con una ducha caliente.
Mientras el vapor llenaba la habitación y el agua le caía por los hombros, intentó despejar su mente.
Acosadores. Fotos enigmáticas. Maggie Locke. Los Van Horn. Todo empezaba a difuminarse, como una película que no podía pausar.
Mientras tanto, Sebastián estaba sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas, esperando en silencio.
Un suave tintineo atrajo su atención hacia la mesita de noche.
El teléfono de Cecilia se iluminó con un nuevo mensaje.
Entrecerró los ojos. No había nombre, solo un número.
Dadas las recientes amenazas que ella había recibido, no dudó.
Su preocupación prevaleció sobre cualquier sentido de la privacidad.
Cogió el teléfono y abrió el mensaje:
[Cecilia, este embarazo ya está afectando a tu cuerpo. Cuanto más lo retrases, más complicado se vuelve. Ya he hablado con el médico. Podemos ocuparnos de ello este fin de semana. Necesitarás al menos un mes para recuperarte después de la intervención. Si te preocupa el Alfa Sebastián, puedes quedarte en nuestra antigua casa.]
Sebastián se quedó mirando la pantalla.
Su expresión cambió.
Punto de vista de Cecilia
Veinte minutos más tarde, salí del baño envuelta en una toalla, con la piel sonrosada por el agua caliente.
En cuanto vi que Sebastián seguía en mi habitación, otra oleada de calor me subió por el cuello. ¿Tenía pensado quedarse a pasar la noche?
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Mantuve un tono despreocupado mientras cruzaba la habitación para coger mi teléfono.
«Aquí no hay toallas de repuesto. Si estás pensando en darte una ducha, tendrás que volver al baño principal».
Me moví despacio a propósito.
Me atrajo hacia su regazo, tal y como esperaba.
Pero esta vez no era un juego.
No estaba bromeando. Parecía serio. Como si algo le estuviera carcomiendo por dentro.
Empecé a hablar, pero su cálida palma se deslizó sobre mi vientre, y el calor se filtró a través de la fina tela de mi camisón.
«Mmm …»
El suave sonido se me escapó antes de que pudiera evitarlo.
Me derretí contra él, deslizando las manos hasta su cuello. Le desabroché la corbata y mis dedos se deslizaron hacia los botones.
«Si de verdad quieres ducharte aquí, quiero decir… podría dejarme convencer», susurré entre dientes.
Antes de que pudiera terminar la frase, él me agarró las manos entre las suyas.
«¿Estás pensando en eso ahora?», preguntó, con voz baja pero firme.
Parpadeé.
«¿Qué?
La mirada en sus ojos me hizo sentir como si acabara de intentar seducir a un sacerdote.
La vergüenza me invadió de golpe.
«Si no te apetece, entonces olvídalo», dije rápidamente, intentando apartarme.
Sebastián no me soltó.
Apretó el agarre lo justo para mantenerme en mi sitio.
La confusión se apoderó de mi pecho.
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