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Capítulo 663:
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La puerta se cerró con un clic tras él. Otra figura entró en la habitación.
Su voz era tranquila, mesurada, a pesar de la tensión que se respiraba en el ambiente. «Tenemos noticias del bosque», dijo. «Una persona ha logrado salir, pero los demás… están desaparecidos».
Belinda no se dio la vuelta. En su lugar, se movió detrás del sofá con una gracia tan fluida que parecía deslizarse. Su voz se mantuvo ligera, aunque con un trasfondo más oscuro.
«Ya ha neutralizado a mis hombres y ahora los ha dispersado como piezas de ajedrez. ¿Qué crees que hará a continuación?».
Esbozó una pequeña sonrisa, casi juguetona. «¿Mi suposición? Vendrá a por mí. Querrá el honor de ser quien me coloque el collar alrededor del cuello. Qué pintoresco. Qué romántico».
Veinte minutos después del apagón, el castillo se había sumido en un caos total. Los gritos resonaban por los pasillos, la ira y el miedo se entremezclaban en cada alarido, mientras los sollozos llenaban el aire, tanto dentro del castillo como desde el bosque más allá.
La oscuridad, cuando llegaba sin previo aviso, tenía una extraña forma de poner a la gente nerviosa.
Mientras el resto de los habitantes del castillo entraban en pánico, una figura se movía con perfecta calma, deslizándose por una entrada lateral y subiendo silenciosamente hasta el tercer piso.
Dos golpes, deliberados y precisos, resonaron en la puerta del estudio, cada uno sincronizado como un movimiento calculado de ajedrez.
En el interior, Belinda, aún recostada en el sofá, ni siquiera levantó la vista. Su sonrisa era tenue, pero tenía un toque de complicidad.
—Alfa Sebastián —dijo en voz baja, con la voz rebosante de expectación—. Justo a tiempo.
La puerta se abrió con un crujido y Sebastián entró. Con un movimiento experto de muñeca, encendió una vela, cuya llama titilante proyectaba largas sombras contra las paredes. Sus movimientos eran fluidos, su presencia casi depredadora.
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Cerró la puerta tras de sí con una precisión inquietante, dejándolos a ambos encerrados en la habitación.
A la tenue luz de la vela, su rostro se perfilaba con ángulos marcados, su expresión fría e indescifrable. Sus ojos brillaban con un cálculo silencioso.
—Señorita Belinda —dijo, con voz grave y suave—. Debo admitir que parece bastante segura de que vendría.
—Tenía fe —respondió Belinda, con una sonrisa suave pero perspicaz, como si pudiera ver a través de él.
Los labios de Sebastián esbozaron una leve sonrisa. —Supongo que el apagón no cuenta como trampa, ¿verdad?
—En este mundo —dijo ella, con voz sedosa y autoritaria—, solo hay ganadores y perdedores. La historia recuerda a los que ganan. Y los ganadores escriben las reglas.
Su tono era de terciopelo sobre acero, del tipo que utilizan los alfas, los líderes de sectas y los políticos.
«Parece que tu sociedad y yo tenemos mucho en común», dijo Sebastián.
«Exactamente por eso te queremos, Alfa Sebastián. No tienes miedo de romper el sistema. Eres de los que construyen uno nuevo».
Él asintió cortésmente. «Eres generosa con tus elogios».
Tras intercambiar las formalidades, Belinda pasó a otro tema. «Ya que estás aquí, supongo que has encontrado el collar». Su voz tenía un tono de desafío.
«Por supuesto». Sebastián no se lo pensó dos veces.
«¿Me lo das?». Extendió la mano, con la palma hacia arriba.
«Enseguida».
Sebastián se dirigió hacia el fonógrafo antiguo que había en la esquina. Eso le borró la sonrisa del rostro.
Abrió un cajón oculto debajo del tocadiscos y sacó el collar.
El colgante de rubí reflejó la luz de las velas. Ella abrió mucho los ojos, solo por un segundo.
«Tu pista era una pieza musical», dijo él. «Algo sobre el bosque y el castillo. Poético, pero lo suficientemente vago como para despistar a todo el mundo».
Belinda no respondió. Se limitó a observarlo, con una expresión cuidadosamente neutra.
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