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Capítulo 481:
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Su compostura vaciló por un segundo, y su corazón latía visiblemente en su garganta.
«No», le corrigió con una sonrisa forzada. «Me llamo Esther».
«Ah, claro, Esther. Ha sido un error mío», se disculpó Zane, con auténtica vergüenza. «Han pasado tantos años. ¿Cómo está tu madre?».
«Está bien», respondió Esther, controlando cuidadosamente su voz.
La mirada de Zane se desplazó hacia Cecilia, estudiando sus rasgos con una intensidad que rayaba en lo inapropiado. —¿La señorita Moore es su hija?
—Sí, es mi hija —respondió Esther, luchando por mantener la compostura.
Cecilia observó el comportamiento inusual de su madre y recordó la extraña reacción del señor Locke en el restaurante semanas atrás. Sus ojos se posaron en su padre, pero su expresión no revelaba nada.
—Su hija es preciosa —comentó Zane, con una mirada aguda y evaluadora que parecía traspasar a Cecilia.
—Gracias por el cumplido —asintió Esther con una leve sonrisa.
VanDyck finalmente intervino, colocándose ligeramente delante de su esposa e hija en un sutil gesto protector. «Sr. Locke, tenemos que terminar nuestras compras. Ha sido un placer conocerle».
Zane asintió cortésmente. «Igualmente».
Se despidieron brevemente y la familia Moore se alejó rápidamente con su carrito.
Cecilia miró atrás una vez y vio que Zane Locke seguía allí, mirándolos con una expresión indescifrable.
El resto de la compra transcurrió en silencio y con cierta incomodidad.
VanDyck cogió una bolsa de mijo en lugar del arroz que tenía intención de comprar, mientras que Esther, que había dicho que quería leche, volvió con dos cajas de lasaña congelada.
Ese único encuentro con Zane Locke había sumido a toda la familia en el caos.
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Punto de vista de Cecilia
De vuelta en casa, la tensión persistía.
Mamá desapareció inmediatamente en la cocina con la compra.
Papá se retiró al balcón para cuidar de sus plantas.
Yo organicé los productos que habíamos comprado en la nevera, echando de vez en cuando un vistazo a la cocina, donde mamá permanecía inmóvil, perdida en sus pensamientos.
Al cabo de un rato, salió de la cocina con el rostro pálido.
«Mamá, pareces cansada. Siéntate y descansa. Yo me encargo de la cena», le dije, guiándola hacia el sofá.
Le serví un poco de agua antes de ir a la cocina a preparar la comida.
Por el rabillo del ojo, pude ver que me observaba con los ojos enrojecidos.
Papá estaba sentado en silencio en el balcón, mirando fijamente sus queridas plantas.
El ambiente en nuestro apartamento se sentía pesado, lleno de palabras no dichas.
Mientras trabajaba en la cocina, sonó el timbre.
«Mamá, ¿puedes abrir? He invitado a Harper a cenar», grité.
Harper me había ayudado en todo, desde el proceso de divorcio hasta el apoyo emocional. Ahora que las cosas se habían calmado y mis padres habían vuelto, me parecía adecuado incluirla en nuestra cena familiar.
Mamá se recompuso y fue a abrir la puerta.
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