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Capítulo 42:
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Los susurros volvieron, ahora más fuertes, más desagradables.
«Es su esposa».
«¿Entonces Cici es la otra mujer?».
«Joder, eso es traición».
Me giré lentamente y dejé que mi mirada recorriera la sala. «Una mujer seduce a un Alfa casado», dije, con voz resonante como el martillo de un juez. «¿Y aún así tienen el descaro de celebrar una fiesta de compromiso?».
Mis ojos se posaron en la familia White.
«La bigamia es un delito», añadí con calma. «Por si lo habéis olvidado».
La señora White parecía a punto de desmayarse.
La multitud se volvió rápidamente.
«¿Nos ocultaste esto, Dora?».
«¿Dejasteis que nuestra hija se liara con un Alfa casado?».
«¿Y aún así anunciaste el compromiso?».
La familia White se volvió contra ella como una manada que acababa de oler sangre.
Dora tropezó, nerviosa y sudorosa, perdiendo la compostura. Su elegancia ensayada se desmoronó en murmullos frenéticos y excusas vacías.
Xavier se quedó paralizado, con una mano presionada contra la sien, como si pudiera contener físicamente el caos. Parecía un hombre que veía arder su imperio.
Pero yo no esperé.
Cogí una copa llena de vino tinto, crucé el suelo de mármol y me detuve frente al Alfa que una vez lo había sido todo para mí.
Él me miró a los ojos, vacilante, inseguro.
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Levanté la copa.
Luego lo vertí, lentamente, sobre su cabeza.
Se oyeron exclamaciones de sorpresa cuando el líquido carmesí le corrió por la cara, empapando su impecable cuello blanco como sangre sobre la nieve.
Su mano se extendió y me agarró la muñeca con demasiada fuerza y rapidez. —¿Es esto lo que querías? —gruñó, con humillación y furia en su voz—. ¿Te hace sentir mejor?
Su agarre se hizo más fuerte, justo sobre el vendaje oculto bajo la cinta de seda.
El dolor me atravesó como una explosión.
Sentí cómo se desgarraba la piel. La sangre caliente volvió a empapar la tela.
No me inmuté.
Lo miré fijamente a los ojos, con voz fría como el hielo. «Hemos terminado».
Él se quedó paralizado.
Liberé mi brazo de un tirón y lancé el vaso vacío a los pies de Cici. Se rompió como un disparo.
«Adelante, encadenate a este monstruo», le espeté. «Es todo tuyo».
Xavier abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Entonces lo vio.
La sangre.
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