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Capítulo 347:
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«¡Mamá! ¡M-MAMÁ!», chilló Cici, levantando el brazo demasiado tarde.
El acero se clavó en el hueso.
El cuchillo atravesó su palma y el grito que siguió se elevó hacia el cielo como una bengala.
El dolor, puro y crudo, le desgarró las extremidades y destrozó lo que le quedaba de compostura.
Luna Dora se derrumbó de rodillas en la tierra detrás del árbol, temblando.
Las lágrimas caían silenciosamente mientras veía a su única hija desangrarse en el suelo del bosque.
Miró a Cecilia como si su mirada pudiera suplicar clemencia. Salvación. Compasión.
No obtuvo nada.
Ni de Cecilia. Ni de Harper. Ni de ninguno de ellos.
Era el karma en acción, y el karma no aceptaba sobornos.
—Te daré lo que quieras —sollozó Cici—. Dinero, propiedades inmobiliarias, un Bentley personalizado… solo tienes que pedirlo. Por favor.
Nicole ladeó la cabeza. —¿Crees que eso te redimirá? —Su tono era suave, casi dulce. El tipo de dulzura que significa que estás a punto de morir.
«Ya te lo he dicho», dijo Nicole, presionando el cuchillo hacia abajo. «No quiero tu dinero. Quiero tu vida».
Y con eso, hundió la hoja en la herida de Cici, girándola. A propósito. Sádicamente.
Cici volvió a gritar, con la vista borrosa.
Nicole volvió a sacar la hoja y esta vez agarró a Cici por el cuello, empujándola contra el barro.
Cici pateó. Luchó. Gimió. «Lo siento… p-por favor». Su voz estaba húmeda por la saliva y los mocos, y la desesperación se desprendía de cada poro.
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Nicole no se inmutó. Ya no era algo personal. Era la gravedad arrastrándolas a ambas hacia el olvido.
Su expresión era inexpresiva mientras levantaba el cuchillo en alto.
Cici sabía que estaba a punto de morir. Apretó los ojos con fuerza.
Y en ese momento, un maldito melocotón, de entre todas las cosas, salió disparado en la oscuridad.
Con un ruido sordo, chocó contra la muñeca de Nicole. La hoja resbaló y cayó al suelo con un tintineo sordo.
Nicole parpadeó, atónita.
Detrás de ella, el cuerpo de Cici se puso en movimiento. Cada molécula gritaba por sobrevivir. Empujó con el hombro a Nicole, se liberó, se escabulló como un animal enloquecido y echó a correr.
Nicole se recuperó un segundo demasiado tarde. Agarró el cuchillo y la persiguió.
Cici no había recorrido ni diez metros cuando su pie pisó la hierba blanda que camuflaba el borde del estanque.
Splash.
Desaparecida.
Salió a la superficie un segundo después, tosiendo, escupiendo, con sangre olvidada mezclada con algas.
Nicole se lanzó tras ella. Porque ya había llegado hasta allí. La muerte ya no le daba miedo, solo el fracaso.
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