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Capítulo 275:
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Lo abrió lentamente.
En su interior había una cadena de oro con una gema rojo sangre, tallada en forma de lágrima, oscura y brillante. Incluso desde esa distancia, parecía pesada.
La voz de Harper era suave. Controlada.
—Este colgante es para aquellos que tienen deudas de sangre. Si cree que su hija está en peligro, esta es su oportunidad de protegerla.
La señora White se quedó mirando el collar. Abrió los labios, pero no le salió ningún sonido. No parpadeó.
Era como si se hubiera transportado… de vuelta a aquella noche. La que creía haber enterrado.
«¿Cuánto cuesta?», susurró.
Harper no dudó. «Veinte millones».
La señora White apenas se inmutó.
«Lo compraré», dijo con voz temblorosa. Extendió la mano y agarró el colgante con ambas manos, apretándolo contra su pecho como si intentara recuperar el tiempo perdido.
«¡Estás muerta!», gritó la señora White, no a Harper, ni a Amber.
«¡Aléjate! ¡Deja de atormentarla!».
Dejé de respirar.
No se refería a mí.
Me volví para mirar a Sebastián. Estaba a mi lado, inmóvil como una estatua, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros e indescifrables. Su presencia llenaba el estrecho espacio como una nube de tormenta.
«Ella no nos tiene miedo», dijo con voz baja y áspera.
«Le da miedo la oscuridad que ha dejado que se extienda».
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Tragué saliva con dificultad. Mis dedos se aferraron a la pared. Me incliné ligeramente hacia él y mi nariz rozó la tela de su chaqueta.
Sándalo. Metal limpio. Su aroma: firme y tranquilizador.
La señora White agarraba el colgante como si fuera lo único que le impedía derrumbarse. Su cuerpo temblaba, su respiración era irregular y sus ojos seguían fijos en el espacio frente a ella, donde no había nadie.
No solo estaba tratando de proteger a su hija del escándalo.
Estaba tratando de protegerla de algo mucho peor.
Punto de vista de Cecilia
Alfa Sebastián y yo nos quedamos paralizados, observando cómo la farsa de la adivinación llegaba a su fin. Tenía que admirar la dedicación de Harper a la actuación: realmente estaba sacándole todo el partido posible.
«¡Qué compasión! ¡La señora Amber es verdaderamente misericordiosa con su amor sin límites! ¡Qué benevolente!», exclamó Harper con dramatismo mientras la señora White aceptaba con gratitud el collar de rubíes rojos.
La señora White les colmó de efusivos agradecimientos mientras se colocaba con cuidado las cuentas alrededor de la muñeca.
La señora Amber ofreció una última perla de sabiduría. «Recuerde, señora White, la fe es la clave. La verdadera creencia da resultados».
«Sí, sí, lo entiendo perfectamente», asintió repetidamente la señora White, apretando contra sí el collar de rubíes rojos.
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