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Capítulo 1044:
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«La niña que llevas en tu vientre es especial: ha sido elegida por mí», explicó la Diosa, con su figura brillando como la luz de la luna sobre el agua. «No solo porque es la descendiente de un Alfa poderoso, sino porque esta alma unirá mundos —el humano y el de los lobos— de formas que no se han visto en generaciones».
La Diosa extendió la mano y apoyó suavemente la palma sobre el abdomen de Cecilia. Una sensación de calor se extendió por todo su ser.
«La bruja busca un poder que no puede comprender. Tu pareja lucha con todas sus fuerzas, pero ni siquiera un Alfa tan poderoso como Sebastián puede hacer frente en solitario a siglos de magia oscura acumulada».
«¿Qué puedo hacer?», preguntó Cecilia, con desesperación en la voz.
«Ya tienes todo lo que necesitas», respondió la Diosa, con un tono que se volvió más feroz y autoritario. «¿Crees que te elegí por casualidad? Las mujeres humanas que conquistan el corazón de un Alfa como Sebastián son escasas. Pero las mujeres humanas capaces de mantenerse a su lado… esas son aún más escasas».
Los ojos de la Diosa ardían con fuego plateado. «Tu fuerza no proviene solo de la magia, ni de tu linaje. Proviene de tu negativa absoluta a ser víctima de nadie. Úsala ahora».
«Pero los humanos no tienen un vínculo mental», protestó Cecilia.
La risa de la Diosa era como campanas de plata entretejidas con el aullido de un lobo. «Hija, llevas meses comunicándote con tu pareja a través de ese vínculo sin darte cuenta. ¿Cómo crees que sabes siempre cuándo está en peligro? ¿Cómo crees que te encuentra tan fácilmente?».
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Su voz se hizo más fuerte, más urgente. «La conexión va más allá de la sangre o la especie. Ahora llevas mi bendición… y la voluntad de proteger lo que es tuyo».
La Diosa de la Luna comenzó a desvanecerse, y su forma se desintegró en partículas de luz plateada.
«Recuerda: la magia más poderosa no es el ritual ni el sacrificio. Es la furia de una madre que protege a su hija y de una compañera que defiende a su familia. Canaliza esa rabia, Cecilia. Haz que te teman».
«¡Espera!», gritó Cecilia. «No sé cómo…»
«No necesitas instrucciones», resonó la voz de la Diosa mientras desaparecía. «Necesitas permiso. Te lo estoy concediendo. Ahora despierta… y muéstrales lo que ocurre cuando amenazan a una Luna».
Y entonces la Diosa se desvaneció, y la conciencia volvió a Cecilia como una ola rompiendo en la orilla.
Cecilia jadeó, abriendo los ojos de golpe en medio del caos.
El alfa Sebastián, aún en su enorme forma de lobo a pesar de sus heridas, se interponía entre ella y Belinda.
«Pequeña humana», se burló Belinda desde detrás del rostro robado a Xenia, «¡morir no salvará a tu hijo de mí!».
Pero Cecilia ya no era la chica asustada que se había topado con el mundo de los hombres lobo por primera vez.
Esta bruja había elegido a la mujer equivocada a la que amenazar.
Algo se sentía diferente en su interior. Las patadas frenéticas se habían calmado, sustituidas por una extraña tranquilidad. Siguiendo su instinto, cerró los ojos y centró su atención en su interior.
Pequeñita, ¿puedes oírme?
La respuesta no fueron palabras, sino una sensación: calidez, confianza. Y algo más. Poder. Poder puro, intacto.
Los ojos dorados del alfa Sebastián se encontraron con los de ella al otro lado de la cubierta que se balanceaba, y el vínculo de pareja vibró de repente con una fuerza que ninguno de los dos había sentido antes.
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