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Capítulo 67:
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Incluso cinco minutos.
Todo lo que quería era verlos, sentir su calor, tenerlos cerca y respirar su olor familiar por última vez.
Pero desearlo no cambiaría nada.
Los recuerdos eran todo lo que me quedaba de ellos. Eran los únicos fragmentos de mi pasado que aún me pertenecían, los únicos recuerdos del amor que una vez conocí. Conservaría esos momentos para siempre, manteniéndolos vivos en mi corazón como una llama eterna.
Sin embargo, la incredulidad se apoderó de mí, un terrible malestar se retorció en mis entrañas.
Todo había sucedido tan rápido, demasiado rápido, como un sueño fugaz y cruel del que no podía despertar.
Aún no podía entender cómo mi vida se había desmoronado tan drásticamente en cuestión de horas.
Si alguien me hubiera dicho que un día me entregaría por el bien de mi manada, me habría reído en su cara.
Después de todo el sufrimiento, después de reunirme por fin con mis padres, había jurado que nada en este mundo volvería a separarnos.
Pero me equivoqué.
La imagen de la expresión aterrorizada de mi madre mientras me arrastraban se grabó a fuego en mi memoria.
No sólo parecía asustada, sino que parecía estar viéndome caminar hacia la muerte.
¿Por qué?
¿Cómo de terrible era el Rey Alfa?
Aurora
Mi mente regresó a la primera vez que lo conocí.
No podía negar que algo en él había despertado en mí emociones inesperadas, tentándome a creer que no era del todo el monstruo que se rumoreaba que era. Pero el Rey Alfa era impredecible.
¿Quién iba a pensar que me dejaría marchar tan fácilmente después de que me chocara con él y tirara una vajilla al suelo?
Cualquier otra persona habría esperado un castigo inmediato, una consecuencia rápida y despiadada por mi torpeza. En cambio, se había limitado a ordenar a alguien que limpiara el desastre.
Aquello no se parecía en nada al terrorífico gobernante del que había oído hablar.
Nunca olvidaría el momento en que había intervenido para arruinar el plan de Nathalia de humillarme. Había actuado como un caballero, y por eso siempre le estaría agradecida.
El recuerdo de su mirada penetrante me produjo un extraño cosquilleo.
A pesar de lo fríos y brutales que parecían sus ojos, juraría que se habían suavizado, sólo por un fugaz segundo, cuando se encontraron con los míos.
La intensidad de su mirada había hecho que mi corazón se desbocara. Una parte de mí la encontraba estimulante, mientras que otra se sentía desconcertada por su peso.
Pero por mucho que me afectara su mirada, no quería que apartara la vista.
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