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Capítulo 189:
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«¿Dax?» Volví a llamar, esta vez más fuerte, pero no obtuve respuesta.
Ladeé la cabeza y vi a Dax tumbado en el sofá con un libro en la mano.
Dax podía dormir en cualquier sitio. El ruido del libro bastaba para despertarlo, pero por alguna razón, seguía dormido.
Cuanto más tiempo miraba la luna, más conectada me sentía con ella.
Era como si la Diosa Luna intentara decirme algo sobre mi vida y la de mi hermano. Cada vez que me perdía en mis pensamientos, tenía la sensación de que no debía estar donde estaba.
El tatuaje en mi espalda y los extraños pensamientos solo me convencieron más de que era de la realeza.
Pero, ¿cómo he acabado aquí? ¿En el bosque, junto al río?
Intentar explicárselo a Dax no ayudaba en nada: siempre encontraba la forma de reírse y hacer bromas al respecto. Era molesto, pero sabía que Dax era juguetón. No se tomaba las cosas en serio.
Sumida en la confusión, no pude evitar pensar si teníamos pareja, padres u otros hermanos.
Intenté encadenar mis extraños sueños, pero cada vez que lo hacía acababa con una migraña. Pero no fue suficiente para hacerme parar.
Sentí un empujón en lo más profundo de mi espíritu sobre mi vida. Necesitaba conocer mi pasado.
Necesitaba entender por qué me sentía de la realeza.
Necesitaba saber por qué siempre buscaba mi corona. ¿Por qué sentía que debía dirigir a un gran grupo de personas? ¿Por qué sentía que me faltaba alguien en mi vida, tal vez un hermano o una hermana? Tal vez un compañero o una compañera.
Sentí como si hubiera ocurrido un desastre en mi vida pasada.
¿He renacido?
Necesitaba respuestas a las interminables preguntas que me consumían. Tenía que conocer mi identidad.
Todas las noches me iba a la cama con esa pesada carga en el corazón. Era el último pensamiento que tenía antes de dormirme y lo primero en lo que pensaba al despertarme.
Ojalá supiera las respuestas.
Pero esta noche, de todas las noches, era diferente.
Sentí que me rodeaba una especie de energía que gritaba positividad.
Esta noche me sentí tan bien que deseé poder repetirla una y otra vez. Pero el sueño no tardó en nublar mis ojos. No quería ceder al sueño; temía a mis demonios. En cuanto cerraba los ojos, me atacaban a millares, consumiéndome y llenándome de terror.
La mayoría de las noches me despertaba gritando y sudando.
Gracias a esos bastardos sin rostro.
A pesar de armarme de valor en mis sueños, seguían ocupándose de mí.
Eran entidades oscuras e informes que revoloteaban a mi alrededor, atormentándome.
Pero entre mis demonios, a veces vislumbraba fragmentos de mi pasado.
Aunque no tenía sentido.
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