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Capítulo 499:
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Justo cuando terminó, el fajo de billetes volvió volando, dándole una fuerte bofetada en la cara.
¡Twack! ¡Twack! ¡Twack!
El impacto fue fuerte y los bordes de los billetes le dejaron finas líneas rojas en la piel. Aturdida y humillada, Fay se tocó la nariz, sintiendo el cálido hilo de sangre.
«Tú… zorra, ¡cómo te atreves a pegarme!».
La respuesta de Allison fue una fría sonrisa. «No sé nada de Amor, pero sí conozco las reglas de Muisvedo. Y no pareces conocerlas tan bien como crees».
«¿Qué quieres decir?» espetó Fay, agarrándose la nariz.
«La multa por romper un contrato es diez veces superior a la multa, y los infractores se dejan un dedo».
Allison sacó un cuchillo afilado y brillante de su cintura, con la mirada fija en Fay. «Entonces, ¿qué va a ser? ¿Dejar un dedo, o dejar el de Amor?»
«¡Zorra!» El rostro ensangrentado de Fay palideció, la furia surgió.
Agarró un bate de béisbol y cargó, pero Allison ni se inmutó. Esperó a que Fay estuviera casi encima de ella y la esquivó con suavidad.
Thud-
El bate cayó al suelo. Antes de que Fay pudiera reaccionar, Allison le agarró el brazo, torciéndoselo en un ángulo antinatural. Fay soltó un grito ahogado mientras se desplomaba bajo el dolor, jadeando: «¡Ahhh! Mi brazo».
Desesperada, Fay se levantó, blandiendo una daga y abalanzándose sobre Allison con salvaje determinación.
La mirada de Allison se volvió gélida. «Así que hablas en serio». Movió los dedos sin esfuerzo, desarmando a Fay en un único y fluido movimiento. Swish-
La hoja se clavó firmemente en la garganta de Fay, con su frío filo como una escalofriante amenaza.
En ese momento, Fay comprendió la fuerza mortal que había subestimado, y el miedo se filtró en su expresión.
Pero ya era demasiado tarde.
Los ojos de Allison se endurecieron con un brillo asesino. Lentamente, el filo empezó a hundirse en la carne de Fay, provocando un gemido aterrorizado.
Se dio cuenta de que iba a morir.
«Por favor… no», balbuceó, su voz apenas un susurro.
«Don».
Justo entonces, sonó una profunda voz masculina.
«Basta.»
Allison miró por encima del hombro y vio al mismísimo rey de Muisvedo, Andrés Yates.
Había tratado con él antes, y aunque era formidable, ella no era de las que se acobardaban.
«¿Andrés?», preguntó enarcando una ceja. «Dice que fuiste tú quien ordenó que le entregaran mi puesto a Amor».
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