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Capítulo 786:
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La confusión se reflejó en sus siguientes palabras. «¿Por qué meterse en esto, señorita Wilson? El rencor es entre Leonino y yo. Tengo que acabar con esto esta noche. Por favor, apártese».
Sin moverse ni un ápice, Monique se colocó delante de Leonino, protegiéndolo por completo. Su presencia disipó lo que le quedaba de rabia: cada gramo de ella se desvaneció, sustituida por un afecto atónito. Cualquier dolor que le quedara de los golpes anteriores se esfumó, atenuado por su inesperada defensa. Ni siquiera los dolores a lo largo de la mandíbula pudieron borrar el repentino subidón de ánimo de Leonino.
¿Qué podía compararse con la emoción de estar protegido por la mujer a la que amaba?
Una chispa burlona brilló en sus ojos. «¿Crees que no puedo valerme por mí mismo?». La sangre aún le manchaba los labios, pero su voz era suave y cálida.
Monique no le respondió. En su lugar, se volvió hacia Dorian y dijo con frialdad: «Retírese, señor Morrison. Un paso más y ya verá lo que pasa».
Sus palabras cayeron como puñetazos: su postura convirtió a Dorian en el claro agresor. Todo se le fue de las manos, dejándolo buscando a tientas un poco de lógica.
«¿Qué está pasando exactamente? Señorita Wilson, ¿usted y Leonino…?»
Evitando su mirada, Monique se irguió y se plantó con firmeza entre los dos hombres. «El doctor Prescott es mucho más que el médico del señor Wilson. Cada día devuelve la audición a personas que han perdido la esperanza. Sus manos pertenecen a un quirófano, no deben quedar atrapadas en su venganza sin sentido».
Sus años como presentadora de noticias habían agudizado su lengua. Cada frase caía con fuerza, y su presencia llenaba el gimnasio.
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Por muy desenfrenada que fuera su ira, Dorian no se atrevía a arremeter contra una mujer, y menos aún contra una que no tenía nada que ver con la disputa. La tensión se le acumuló en la mandíbula. Hizo un gesto brusco con la barbilla hacia Leonino, lanzándole una amenaza silenciosa. La venganza estaba prometida… para la próxima vez.
Leonino se encogió de hombros ante la advertencia, sin darle importancia. Pero Monique veía claramente el peligro: ya se había dado cuenta de que Leonino nunca ganaría un enfrentamiento directo contra Dorian.
De repente, le vino un recuerdo a la mente: las palabras de Valeria en su última sesión de terapia. A Monique se le escapó una risita ahogada mientras observaba cómo Dorian se debatía.
La mirada de Dorian se agudizó. «¿Le parece esto una broma, señorita Wilson? ¿De verdad se está riendo de mí ahora?»
Tranquila e imperturbable, Monique asintió. «Sí. ¿Quiere saber por qué? Todo este alboroto, intentando parecer poderoso… es patético. En el fondo, señor Morrison, no es más que un cobarde».
Esa única palabra —cobarde— caló como un golpe directo en el orgullo de Dorian. ¿Alguien le había llamado así antes? La gente de Cheson se desvivía por complacerle. El miedo nunca formaba parte de su vocabulario. Nada ni nadie le había amenazado de verdad jamás… hasta ahora.
«Señor Morrison». Entrecerrando los ojos, Monique añadió con brusquedad: «Usted crea el caos y luego actúa como si todos los demás tuvieran la culpa. Ni siquiera eres capaz de asumir la responsabilidad del desastre que provocas. Si eso no es cobardía, ¿qué es? No puedes pasar toda la vida haciéndote la víctima».
Sus palabras le trajeron a la mente otro rostro: el de su madre, Bonnie. Bonnie siempre había encontrado la manera de zafarse de los problemas, pero incluso su suerte había empezado a agotarse.
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