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Capítulo 673:
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Y ahora Bonnie tenía en sus manos un collar que, según se decía, valía cerca de cien millones. Si la tentación se apoderaba de ella…
Delaney se detuvo. No podía soportar imaginar adónde podría llevarla ese camino.
Por fin lo entendió: Helena había puesto a prueba a Bonnie. Era un desafío directo para ver de qué estaba hecha realmente.
Delaney se recompuso, enderezó la espalda y dijo con el peso de la experiencia: «Helena, esto no ha estado bien».
Helena no discutió, decidió dejar que los hechos hablaran por sí mismos. «Delaney, la gala está a la vuelta de la esquina. Alden estará hasta arriba de trabajo. Volveré a casa temprano los próximos días para que no estés sola».
Delaney no dijo que no. Aunque había defendido a Bonnie, su instinto le decía otra cosa: la duda había empezado a apoderarse de ella.
Helena la guió suavemente hacia el dormitorio. «Túmbate un rato. Volveré en un minuto».
Delaney le dio un codazo. —No hace falta que te quedes, ve a acostarte tú también. Ha sido un día duro para ti.
Helena solo esbozó una sonrisa y mantuvo los labios sellados, pero, tal y como había prometido, volvió al poco rato con los brazos llenos de bolsas de la compra.
Delaney se movió inquieta y dijo: «¿Así que ahora mi habitación es un trastero?».
Murmuró algo en voz baja que Helena no llegó a oír.
Helena no respondió, solo aceleró el ritmo y siguió desempaquetando. Todos los artículos habían sido elegidos con la ayuda de Valeria: decoraciones suaves, de colores tierra, además de un puñado de hallazgos retro que se remontaban a dos décadas atrás.
«¿Dónde has encontrado esto?». El rostro cansado de Delaney se iluminó por un momento. La pilló desprevenida.
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Se arrodilló junto a Helena, con las manos ligeramente temblorosas, y sacó con cuidado un broche de su caja forrada de terciopelo.
Resultó ser un broche Chantilla tridimensional, elegante e indudablemente raro.
Los ojos de Delaney se suavizaron. «A los jóvenes de hoy en día no les gustan estas cosas, ¿verdad? En nuestra época, piezas como esta estaban muy de moda. En aquella época se crearon auténticas joyas».
Todo su cuerpo se relajó y la tensión habitual que la atenazaba pareció desvanecerse.
Helena la observó y sonrió con picardía, casi como una niña traviesa.
«Delaney, este también es una imitación. Es fácil de detectar».»
Delaney se rió suavemente. «Qué tonta, lo sabía desde el principio».
Decidió no dar más explicaciones. Su silencio lo decía todo.
No importaba que el broche no fuera auténtico, lo que contaba era la intención detrás de él.
Helena colocó la caja con cuidado cerca de la almohada de Delaney. «Se está haciendo tarde. Intenta descansar. Te arreglaré la habitación antes de irme por la mañana».
«Está perfectamente bien tal y como está, no hace falta cambiar nada», dijo Delaney, entrecerrando los ojos. «¿Qué estás intentando hacer aquí?».
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