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Capítulo 591:
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Unos días antes, Valeria había sentado a Helena y le había analizado la tensión con Delaney.
Delaney, en el fondo, era una mujer bondadosa, nunca el tipo de suegra que provocaba conflictos por orgullo o posesividad.
Pero la vida le había dejado profundas cicatrices, y los largos y agonizantes años que había pasado sin su hijo le habían dejado una herida que nunca había llegado a cerrar del todo. Ahora que Alden había vuelto por fin a su vida, verle entregarse a otra mujer le provocaba un dolor que no podía acallar. Lo que necesitaba ahora no era distancia, sino tranquilidad.
Para calmar los temores de Delaney, tenía que demostrarle que no era una rival, sino una aliada, una nuera que la apreciaba y que aportaba algo a la familia en lugar de quitarle.
En ese momento, tal y como había predicho Valeria, la fría apariencia de Delaney pareció derretirse ligeramente. Bajó la voz hasta que sonó casi tierna.
—Tienes tanto trabajo y aún así te has tomado tiempo para elegirme regalos. Deberías descansar en los pocos días que tienes libres.
El cambio de tono no pasó desapercibido. Tan pronto como las palabras salieron de los labios de Delaney, Helena sintió un destello de reconocimiento: Valeria tenía razón. Su consejo había dado en el clavo.
—El trabajo ha sido implacable —dijo Helena. «Este breve descanso apenas me ha dado tiempo para comprar estos regalos, pero quería hacerte sonreír. La próxima vez que tenga unas vacaciones de verdad, ¿qué tal si planeamos un viaje? Podríamos llevar a la Sra. Luna y a su hija, si te apetece».
La mirada de Delaney se posó en la esbelta figura de Helena, y un pensamiento repentino cruzó su mente.
«Un viaje está bien», dijo, cambiando el tono a uno más incisivo. «Pero si consigues esas vacaciones largas, hay algo más importante que arrastrarme de un lado a otro. Alden y tú deberíais pensar en tener un hijo».
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Helena se quedó paralizada, sin aliento.
¿Un hijo? Las palabras la golpearon como una ola traicionera, provocándole un torbellino de incertidumbre. Abrió la boca en busca de una respuesta, pero el estridente sonido de su teléfono interrumpió el momento.
Miró la pantalla: era su emisora. Deslizó rápidamente el dedo para responder y adoptó una postura alerta.
—Noticia de última hora. —Su pulso se aceleró mientras se colgaba el bolso al hombro y le dirigía una sonrisa de disculpa a Delaney—. Tengo que irme —dijo, ya a medio camino de la puerta—. El trabajo me llama.
—Espera… —empezó Delaney, levantando la mano, pero Helena ya se había ido, y la puerta se cerró detrás de ella.
Delaney se quedó mirando la puerta cerrada, sacudiendo la cabeza con una sonrisa irónica. «Siempre persiguiendo la próxima noticia», murmuró.
Se dejó caer en la silla, con la bufanda nueva todavía en las manos, y dejó que sus pensamientos divagaran.
Una vez, ella había sido como Helena: feroz, ambiciosa, con la mirada puesta en el horizonte. Pero la vida tenía otros planes. Las presiones familiares, las manipulaciones de Zayden, las exigencias de la maternidad… habían ido minando sus sueños hasta que estos se desvanecieron, inadvertidos, en un segundo plano.
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