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Capítulo 587:
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La mente de Dorian se agitaba como un mar azotado por una tormenta después de salir de Star Wish Investments. Agarró el volante y condujo por la ciudad sin rumbo fijo. Pasó por delante de su casa, luego por la oficina e incluso por el bar poco iluminado donde él, Alden y Leonino solían intercambiar historias mientras tomaban whisky. Esos lugares, que antes eran su refugio, ahora le oprimían el pecho, pesados y sofocantes.
Se encontró parado frente al edificio donde vivía Valeria. Echó la cabeza hacia atrás y miró hacia su ventana, imaginando su cálida sonrisa. Por un instante, pensar en ella calmó los latidos acelerados de su corazón.
Un golpe seco en la ventanilla del coche lo sacó de su ensimismamiento. —¿Dorian? ¿Qué demonios haces aquí?
La voz de Valeria denotaba sorpresa y curiosidad mientras se asomaba por la ventanilla con los ojos color avellana muy abiertos.
Acababa de regresar de la tienda de comestibles cuando vio el familiar sedán aparcado frente a su edificio. Al principio dudó de sus ojos, pero la visión del perfil de Dorian, con la mandíbula apretada y el ceño fruncido, le confirmó que era él.
Dorian buscó las palabras, algo poco habitual en un hombre tan elocuente. —Eh… —Se movió incómodo en el asiento del conductor, tamborileando con los dedos un ritmo irregular sobre el volante.
Valeria frunció el ceño, preocupada. —Vamos, subamos a hablar —insistió con voz suave pero insistente.
Con un profundo suspiro, Dorian abrió la puerta del coche y salió.
Una vez dentro del apartamento, Valeria le entregó una taza de café humeante. —¿Por qué no estás en el trabajo? —preguntó, recordando de repente su horario habitual—. Creía que hoy te tocaba turno normal.
Se encogió de hombros y se sentó en el sofá con su propia taza. —Un compañero necesitaba un favor, así que cambiamos los turnos y me he tomado el día libre.
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Su tono informal cambió cuando se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos. —Pero no sabías que estaría en casa. ¿Por qué has venido?
Dorian bajó la mirada hacia el café que tenía entre las manos. Las palabras volvieron a eludirlo, sus pensamientos eran un lío enredado.
—Hoy no estás en ti —dijo Valeria, con voz teñida de preocupación—. ¿Qué pasa?
Antes de que Dorian pudiera articular una respuesta, su teléfono vibró con fuerza en su bolsillo. Instintivamente, llevó la mano hacia él y lo sacó para mirar la pantalla.
Un número no guardado lo miraba fijamente, una cadena de dígitos que le provocó un escalofrío. Valeria, sentada cerca de él, se dio cuenta de que no había ningún nombre en los contactos. Sus ojos se posaron en su rostro, captando la vacilación en su mandíbula apretada. Él se quedó mirando el teléfono, paralizado, dejando que sonara sin responder.
La sospecha se enroscó en sus entrañas. Estudió su expresión preocupada y los viejos rumores sobre su pasado —su reputación de playboy— pasaron por su mente. ¿Era otra mujer?
El pensamiento la punzó, agudo y repentino. Sin pensarlo, le arrebató el teléfono de la mano y se lo llevó al oído.
—¿Hola? —preguntó una voz femenina, curtida y madura, probablemente perteneciente a alguien de unos cincuenta años. Definitivamente no es una rival romántica, pensó Valeria, sintiendo cómo se le enrojecían las mejillas por la vergüenza.
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