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Capítulo 502:
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«Todo está listo y hoy grabamos un episodio».
Meredith escuchó y asintió. «¿Quién es la invitada?».
«Es una amiga mía, Valeria Clark. Es experta en psicología», dijo Helena, con los ojos iluminados por el orgullo al hablar de su íntima amiga.
Meredith confiaba en el criterio de Helena y se mantuvo al margen mientras comenzaban a grabar el programa.
Valeria apareció con una blusa blanca holgada y unos vaqueros ajustados. Su largo cabello ondulado le daba un aire elegante y desenfadado.
Helena, bien preparada como presentadora, dirigió la conversación con fluidez, ayudando a Valeria a profundizar en las tendencias actuales del divorcio.
El episodio resultó ser un éxito.
Más tarde, mientras acompañaba a Valeria a la puerta, Helena no pudo resistirse a preguntarle: «Por cierto, Leonino está recibiendo tratamiento contigo, ¿verdad? ¿Al final ha aceptado el divorcio?».
Valeria esbozó una sonrisa pícara, disfrutando claramente del suspense. «Lo sabrás muy pronto».
«¿Muy pronto?», preguntó Helena, desconcertada.
Helena acababa de terminar de trabajar y estaba a punto de salir del edificio junto a Valeria.
Cuando salieron y llegaron a la puerta principal, algo llamó la atención de Helena. Un brillante coche deportivo rojo dobló la esquina y se detuvo con aire seguro justo delante de la entrada.
Al principio, Helena supuso que se trataba de otra demostración pública de Dorian para alardear de su relación con Valeria. Pero cuando bajó la ventanilla, no fue a Dorian a quien vio, sino a una mujer.
Parecía tener unos treinta años, con una cascada de ondulado cabello brillante y unas gafas de sol oscuras sobre la nariz. Sus labios carmesí se separaron mientras llamaba con confianza: «¡Valeria, sube!».
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Después, dirigió su atención a Helena. —Tú también, Helena.
Helena se quedó paralizada por la sorpresa. No recordaba haber conocido nunca a alguien con una presencia tan imponente y un aspecto tan glamuroso.
Al darse cuenta de la reacción de Helena, la mujer finalmente se quitó las gafas de sol, revelando un rostro bien conservado y llamativo. —Helena, ¿no me digas que no me reconoces?
Por un instante, Helena no pudo pensar en nada. Entonces, de repente, lo comprendió: la mujer que tenía delante no era otra que Savannah, la madre de Leonino, por la que acababa de preguntar.
—¡Sra. Prescott! Espere, usted… usted es… —Helena estaba demasiado abrumada para terminar la frase.
La verdad era que Savannah siempre había tenido una piel firme y se movía con elegancia, sin mostrar apenas signos de envejecimiento. Pero ahora parecía una persona completamente diferente. Toda su presencia había cambiado.
Al ver a Helena luchando por procesar lo que estaba viendo, Savannah se rió con ganas. «Es difícil de creer, ¿verdad? A veces me miro y no puedo creer que fuera esa mujer tan tensa y agotada». Su tono con Helena había cambiado por completo.
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