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Capítulo 446:
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Mientras Helena exponía su plan, Dorian la estudiaba con atención, con la mirada más fija de lo habitual y una expresión de distracción en el rostro.
«¿Qué? ¿He dicho algo malo?». Helena ladeó la cabeza, genuinamente desconcertada.
Dorian parpadeó con fuerza, como si despertara de un ensueño, y negó con la cabeza. «No, no, ¡tienes toda la razón!». Una suave sonrisa se dibujó en sus labios, y sus ojos se llenaron de algo parecido a la admiración. «Me he distraído un segundo. Me has recordado a Alden: tranquila, perspicaz, siempre pensando tres pasos por delante. Incluso tu tono tenía su mismo matiz firme».
En cuanto mencionó el nombre de Alden, la expresión de Helena se derritió en algo tierno. Apenas habían pasado dos semanas desde la última vez que se vieron, lo cual no es precisamente una eternidad. Sin embargo, para ella, esos días se habían hecho tan largos como un año entero de añoranza. Por suerte, Alden volvería al día siguiente.
Cuando llegó la mañana, Helena se dirigió al trabajo como si fuera un día cualquiera.
Donn la vigiló de cerca todo el tiempo, escrutando cada uno de sus movimientos con malicia apenas disimulada, claramente ansioso por encontrar una excusa para hacerla tropezar. Helena se mantuvo un paso por delante, realizando su trabajo de forma impecable y precisa, obligando a Donn a morderse la lengua cuando no encontró nada que criticar.
Helena se colgó el bolso al hombro y se dirigió a la salida. En cuanto salió, una inquietante sensación en la nuca le indicó que no estaba sola.
Fingiendo indiferencia, dejó que su mirada se deslizara por encima del hombro, pero solo alcanzó a ver unas sombras fugaces que desaparecieron en cuanto giró la cabeza.
Helena jugó con la idea de quedarse para observar, pero quedarse merodeando a la vista de todos solo serviría para convertirla en un blanco aún más fácil.
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En ese momento, una voz burlona cortó el aire a sus espaldas.
—Helena, ¿toda sola hoy? Creía que tu marido siempre venía a recogerte.
La voz de Donn rezumaba falsa preocupación mientras se acercaba con aire despreocupado. Se había acostumbrado a ver a Xavier aparecer cada tarde para recogerla, así que, en cuanto se dio cuenta de su ausencia, Donn aprovechó la oportunidad para fastidiarla. La idea de que pudieran haber discutido hizo que su sonrisa se ampliara. Normalmente, Helena ignoraba esos comentarios infantiles sin siquiera mirarlos.
Sin embargo, hoy tenía otro plan: dejar que Donn hablara y aprovechar el alboroto para escapar de quienquiera que la estuviera siguiendo. Sus labios esbozaron una sonrisa fría mientras respondía: —¿Y a usted qué le importa si alguien viene a recogerme, señor Jones? ¿No le parece un poco exagerado entrometerse en asuntos que no le incumben?
Donn mantuvo un tono arrogante. —No es entrometerme, se llama ser un buen colega, cuidar de ti. —Se inclinó ligeramente, con palabras que rezumaban provocación—. ¿No te lo advertí? Ningún hombre se queda de brazos cruzados mientras su mujer coquetea con su ex en su boda. Parece que tenía razón, ¿no?
—Ja.
Una risa suave y despectiva se escapó de los labios de Helena.
Donn se acercó a ella, con una ceja arqueada en fingida preocupación. —¿Cuál es el plan ahora? ¿Pedir el divorcio? —Esbozó una sonrisa de satisfacción y sacó con indiferencia una tarjeta de visita del bolsillo. Como si le estuviera ofreciendo un regalo, se la puso en la mano con exagerada cortesía—. Da la casualidad de que conozco a un excelente abogado especializado en divorcios. ¿Quieres que te concierte una cita?».
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