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Capítulo 363:
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Su risa resonó a su alrededor, estridente, desordenada, desquiciada. Cuando finalmente se apagó, miró a Darío y escupió: «Eres el hombre más patético que he visto en mi vida. ¿Por qué le ayudas? Aunque lo consigas, Alden se llevará toda la gloria. Ni siquiera te acercarás a Helena. Ni la tocarás. ¡Ni siquiera un mechón de su pelo!».
Darío no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla como si no mereciera ni que le dedicara un suspiro y esbozó una sonrisa.
«¿Qué te hace tanta gracia?», preguntó Eleanino con voz tensa y llena de rencor.
Dario exhaló un suspiro cansado. —Me río porque nunca has entendido lo que significa amar a alguien.
Dario habló despacio y con claridad, asegurándose de que se oyera cada sílaba. —Estoy enamorado de Helena. Lo único que me importa es su bienestar, su seguridad y su salud. En cuanto a con quién acaba, eso es decisión suya.
Eleanino se quedó paralizada, como si la hubiera alcanzado un rayo. Una tormenta de celos retorció su expresión, ya de por sí deformada. ¿Por qué? ¿Qué había hecho Helena para ganarse una lealtad tan feroz y una devoción tan inquebrantable, no de uno, sino de dos hombres?
Llevada al límite de su paciencia, Eleanino estalló en una carcajada, un sonido agudo y amargo. «¡Ja! ¡Eres patético, completamente cegado por el amor! Y después de todo el sucio plan que tramaste con Alden, ¡ni siquiera has conseguido protegerla!».
Conjuró en su mente la imagen del rostro ensangrentado de Helena. La idea hizo que sus labios se curvaran en una sonrisa cruel. Con voz venenosa, escupió: «Probablemente Helena ya esté muerta. ¡No volverás a verla nunca más!».
«Ja, no cuentes con ello».
Dario soltó un bufido seco y desdeñoso y se quedó callado. No malgastaba saliva discutiendo. Con manos ásperas, la ató con fuerza y la empujó dentro del coche sin ceremonias.
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Mientras tanto, Alden seguía tirado en el suelo, magullado y sucio, como si lo hubieran mordido y escupido. El martilleo en su cabeza había empezado a remitir. Poco a poco, sus ojos volvieron a enfocar. Se levantó, tembloroso y con una mueca de dolor, y empezó a cojear hacia el lugar donde había caído Helena.
A poca distancia, en una pequeña elevación del terreno, yacía una figura inmóvil, pálida como la luz de la luna y extrañamente silenciosa. No había ni un atisbo de vida a la vista.
La visión de Alden seguía borrosa y confusa, pero en cuanto distinguió el contorno del cuerpo, el suelo pareció inclinarse bajo él. Cayó de rodillas con un golpe sordo y sin vida. Nunca en su vida había sentido un miedo tan puro que pareciera congelarle la sangre en las venas.
El terror lo atenazaba con tanta fuerza que, aunque Helena yacía a solo unos pasos, no podía moverse. Sus piernas parecían de plomo. No se atrevía a mirar.
—Helena… Helena —susurró, sin que su nombre lograra salir de sus labios. Su mirada se perdió, vacía y aturdida, como si no estuviera realmente allí.
En ese momento, como una inundación que se desata, todos los momentos que había compartido con ella pasaron por su mente en un solo instante, penetrante.
Recordó esos momentos breves y dispersos después de perder la memoria. Casi siempre había terminado lastimando a Helena de una forma u otra.
Recordó la repugnancia en su propia mirada cada vez que la veía. Las mentiras venenosas de Eleanino lo habían empujado a atacar a Helena repetidamente. Luego vino el recuerdo de su última conversación por teléfono.
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