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Capítulo 360:
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Aferrado al walkie-talkie con ambas manos, Alden se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Por un momento, parecía un niño perdido, desorientado e indefenso.
Pero ese momento de debilidad solo duró un instante. En cuanto recuperó la lucidez, tiró el walkie-talkie a un lado y salió corriendo hacia el edificio donde se encontraba Helena.
Corría tan rápido que el viento le rugía en los oídos. El aire frío le azotaba la piel, alimentando la furia que se agita en su interior. Sus nervios destrozados no estaban preparados para lo que vino a continuación.
Un grito, agudo, desgarrador e inconfundiblemente femenino, rasgó el aire.
Ese grito de impotencia le atravesó el pecho como una lanza. Levantó la vista justo a tiempo para ver una figura delgada y frágil empujada desde la cornisa. Helena.
Cayó en picado, agitando los brazos y las piernas, hasta desaparecer entre la maleza. Luego vino el golpe sordo. Repugnante. Definitivo. Resonó en sus huesos, reverberando en lo más profundo de su alma.
Los arbustos crecidos y los escombros esparcidos ocultaban el suelo, y ya no podía verla.
Pero ante sus ojos, el mundo se tiñó de rojo. Se le cortó la respiración. Sus piernas se movieron por instinto.
Tambaleó hacia adelante, atravesando ladrillos rotos y matorrales espinosos, con la desesperación ardiendo en sus venas.
Cada enredadera le arañaba los pantalones y le desgarraba la carne, pero no le importaba.
Justo cuando estaba a punto de atravesar las zarzas, su pie se enganchó en algo enterrado bajo la maleza. Se tambaleó y cayó de rodillas.
La caída le dejó sin aliento. Antes de que pudiera levantarse, un dolor explosivo le atravesó el cráneo. El mundo se inclinó, se oscureció y se derrumbó en una sombra. Las fuerzas le abandonaron y sus brazos se doblaron.
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Todo se volvió oscuro. Pero en esa oscuridad, un repentino destello de memoria irrumpió en su mente.
Fragmentos surgieron como fragmentos de cristal perforando el vacío. Recuerdos.
Frío. Lluvia. Gritos. El día en que Chadwick se llevó a Helena, meses atrás.
Entonces había sentido la misma impotencia, ese terror que le calaba hasta los huesos, que le vaciaba el pecho y le hacía latir con fuerza el corazón en un intento por escapar.
Y ahora, una vez más, Helena estaba al borde de la muerte, por su culpa.
Pero la última vez, al menos, la había salvado.
¿Y ahora?
Ese grito. Aún resonaba. Implacable. Agonizante.
«Nyno… Helena…».
Su nombre se le escapó de los labios, entrecortado y sin aliento.
No podía ver, no podía mantenerse en pie. Pero podía arrastrarse. Se arrastró hacia adelante a través de espinas y barro, cada centímetro le arrancaba sangre de la piel. Sus dedos temblaban, arañando la maleza, mientras el dolor le recorría los brazos. Pero aún así, continuó.
Porque ella era todo lo que tenía. Helena: su debilidad, su ruina, su razón de ser. Alden, que en otro tiempo había caminado por encima de todos los demás, ahora se retorcía en el suelo como una bestia herida, destrozado y desesperado.
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