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Capítulo 271:
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«Podemos empezar».
Helena se enderezó rápidamente, recogió sus notas y comenzó la entrevista que había preparado durante días.
La entrevista no transcurrió como ella esperaba.
Aunque los antecedentes y el estatus de Eleanino eran impresionantes, sus respuestas denotaban un sutil desdén hacia otras mujeres, ya que favorecía las perspectivas masculinas mucho más de lo que Helena esperaba.
Habían pasado casi sesenta minutos cuando la entrevista finalmente llegó a su fin. Helena esbozó una sonrisa forzada y comenzó a recoger sus notas cuando la voz de Eleanino la interrumpió inesperadamente.
«Helena, ¿te importaría decirme cuánto ganas al mes haciendo este tipo de trabajo?».
Mientras lo preguntaba, Eleanino cruzó los brazos sobre el pecho, con una postura que denotaba suficiencia.
Aunque Helena percibió la hostilidad, mantuvo la calma y respondió con una sonrisa tranquila y cortés. «Unos diecisiete mil dólares después de impuestos. ¿Algún problema?».
«En absoluto», dijo Eleanino con una risa ligera, casi burlona, lanzando a Helena una mirada que apenas ocultaba su desprecio.
«Pero, en serio, ¿no crees que serías más útil dedicando tu tiempo a cuidar de Alden? Tus ingresos ni siquiera cubren los gastos de mantenimiento de uno de sus edificios».
Con la cabeza un poco más alta, Helena respondió sin pestañear: «El sueldo no es la única recompensa. El trabajo da a las mujeres un propósito, una identidad y una voz. Eso vale más que cualquier gasto de mantenimiento».
Era la primera vez que Helena cambiaba de actitud desde que había comenzado la reunión. La calidez de su tono se enfrió y se volvió más cortante.
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Soltó una risa suave e irónica y volvió a hablar, esta vez abandonando la familiaridad informal que le había mostrado.
—Señorita Haynes, usted es una mujer con una carrera propia. ¿Cómo puede sugerir que el lugar que le corresponde a una mujer es cuidar de su marido?
—Si el hombre es corriente, entonces no. Pero Alden está lejos de serlo —replicó Eleanino, con voz baja y cortante—. No se da cuenta de la suerte que tiene de estar casada con él.
Helena respondió con una risa suave, llena de tranquila convicción. —Sí que entiendo lo afortunada que soy, pero no por las razones que usted cree. No se trata de dinero ni de estatus. Se trata de cómo nos amamos y respetamos el uno al otro. Y en ese sentido, Alden es igual de afortunado por tenerme».
La boca de Eleanino se torció en una sonrisa amarga y tensa. Abrió la boca para responder, pero antes de que las palabras pudieran salir, una voz profunda resonó en la habitación.
«Tener una esposa tan independiente y digna como Helena, ahí es donde reside mi suerte».
¡Alden había vuelto!
Por un momento, el rostro de Eleanino se congeló. Luego se recompuso rápidamente y se volvió hacia él, con una sonrisa ensayada y suave.
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