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Capítulo 214:
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«¡Helena!
En ese instante, el vacío en el pecho de Alden se desvaneció y su corazón volvió a sentirse completo.
Solo habían pasado dos días desde que la rescató de las manos de Chadwick, pero su mente no había estado tranquila desde entonces.
Helena había recuperado la mayor parte de su memoria. Todo estaba volviendo, excepto el último fragmento, lo que significaba que él seguía siendo el hombre que la había abandonado en sus recuerdos.
Las mentiras de Chadwick habían tergiversado la verdad, y Alden solo podía imaginar lo traicionada que debía sentirse ella.
Y luego estaba Albert, que la adoraba y habría hecho cualquier cosa para protegerla, incluso convencerla de que renunciara a Alden para siempre. Cuanto más lo pensaba Alden, más inseguro se sentía. Por una vez, no estaba seguro de que el amor fuera suficiente. ¿Querría ella volver a verlo?
Pero allí estaba ella.
Amable, indulgente y más valiente de lo que él jamás había imaginado.
Ahora que estaba en sus brazos, la inquietud que lo había atormentado comenzó a desvanecerse. Por primera vez en días, sintió que podía volver a respirar.
¿Y Helena? Ella también lo sintió. Esa paz tranquila y constante que habían perdido estaba volviendo.
Helena había estado preocupada por la seguridad de Alden durante lo que le pareció una eternidad. Ahora que lo veía ileso, lo abrazó con fuerza, sorprendida por su propia fuerza.
Sus brazos, delgados pero fuertes, rodeaban su esbelta cintura. Sin embargo, un momento después, un gemido ahogado se le escapó mientras trataba de ocultar su incomodidad.
Este sonido sacó a Helena de su momento de alivio. De repente, recordó que él todavía se estaba recuperando de una puñalada.
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Con rápida preocupación, lo soltó, con los ojos muy abiertos por la ansiedad. —¿Te he hecho daño? ¿Te duele la herida? ¡Tengo que comprobarlo inmediatamente!
Sus manos temblaban mientras palpaba con ansiedad su cintura a través de la ropa. Alden se tensó y luego le tomó las manos con una sonrisa suave pero resignada. —Cálmate. La herida está bien, pero yo podría no estarlo si sigues —dijo en voz baja.
—¿Qué pasa? ¿Te encuentras mal en alguna otra parte? —La preocupación de Helena se intensificó.
Alden, sintiéndose un poco culpable pero incapaz de ocultar una sonrisa pícara, se inclinó y le susurró al oído: —Piensa en lo que le estás haciendo a un hombre adulto como yo con tus manos por todo el cuerpo. ¿Qué esperabas?
—Tú… —Al principio, Helena pareció desconcertada, pero luego lo comprendió. Sus mejillas se sonrojaron, en una mezcla de nerviosismo e irritación—. ¡Eres un bromista!
Aunque frustrada, Helena se contuvo y no empujó a Alden. Apretó los dientes y murmuró: «¡Incluso herido, sigues bromeando con estas cosas!».
Alden, habiendo logrado su venganza, parecía transformado. El aura severa y opresiva que lo rodeaba se disipó, revelando un comportamiento más ligero, casi juvenil, como si le hubieran quitado un gran peso de encima.
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