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Capítulo 203:
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Fue allí, en aquellos años formativos, donde sus caminos se cruzaron por primera vez.
En una época de profundo aislamiento y vulnerabilidad, dos almas jóvenes encontraron refugio en la compañía del otro. Su afecto floreció sutilmente, como rosas amarillas que se abren suavemente a la luz del sol.
Entonces ocurrió aquel terrible suceso.
Alden era consciente de lo frágil que era su relación con Helena. Si Chadwick seguía engañándola, solo conseguiría aumentar su confusión. Frustrado, gritó: «¡No te atrevas a mencionar eso delante de Helena!».
«¿Por qué no debería revelar la verdad?».
Los motivos de Chadwick iban más allá de la mera ganancia económica: estaba decidido a hacer sufrir a Alden.
Las burlas de Chadwick se alimentaban de la angustia de Alden. «¿Tienes miedo de que Helena descubra que tu amabilidad proviene de la culpa, y no del amor verdadero?».
¿La amabilidad de Alden provenía de la culpa, y no del amor verdadero? Helena sintió que esas palabras le llegaban al alma.
Chadwick captó su mirada en el momento perfecto y cambió el tono a uno más persuasivo. —Helena, ¿nunca te has preguntado cuál es el destino que os une a Alden y a ti? Recuerda que había un chico que solía pasar el rato contigo en el campo de rosas amarillas cerca del orfanato. ¿No sientes curiosidad por descubrir quién era y qué significa para ti ahora?
El campo de rosas amarillas… el chico…
Fragmentos de recuerdos, nítidos y crudos, comenzaron a infiltrarse en los pensamientos de Helena. Se sintió abrumada por un dolor paralizante. Su visión se nubló mientras se agarraba la cabeza y se encogía sobre sí misma.
—¡Basta! ¡Cállate! —gritó Alden al teléfono, reprendiendo con dureza a Chadwick.
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Sin embargo, esa voz actuó como un catalizador, desbloqueando los rincones sellados de la memoria de Helena.
Una repentina oleada de reconocimiento la abrumó y, en ese momento, todas las piezas de su pasado encajaron en su sitio.
El niño que acechaba los recuerdos de Helena tenía un rostro de rasgos afilados y ojos profundos y oscuros.
Helena recordó haber visto una vez una fotografía infantil de Alden en casa de Frida. El niño de aquella foto desgastada era sin duda el mismo de sus recuerdos. Era él, sin lugar a dudas.
Eso explicaba la intensa implicación de Alden en la remodelación de la zona cercana al orfanato. Explicaba por qué le había enviado repetidamente rosas amarillas y por qué había sido tan amable con ella.
Por fin, todo encajaba. Los recuerdos fragmentados de Helena se habían alineado, dejándola con una sensación de vacío que no había sentido antes.
Había empezado a recordar esos recuerdos incluso antes de hoy. Recordaba haber sido agarrada por un grupo de hombres cuando el niño que solía correr con ella por el campo de flores le soltó la mano, abandonándola a un destino aterrador.
Los acontecimientos que siguieron fueron demasiado angustiosos, o ella perdió el conocimiento, porque ahora no podía recordarlos.
Esta era la «culpa» a la que Chadwick había aludido.
Cuando Helena recuperó este recuerdo por primera vez, sintió amargura hacia el niño. Se consolaba pensando que todo eso era cosa del pasado, que el niño había desaparecido de su vida y que ya no debía pesar en su corazón.
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