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Capítulo 171:
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Alden siempre había tenido muy cerca de su corazón la zona de desarrollo, no por el dinero, sino porque la tierra misma guardaba ecos de su infancia compartida con Helena. Una suave brisa sopló y, antes de darse cuenta, Alden sintió la necesidad de contárselo todo a Helena. Entonces…
«¡Lo único que haces es sentarte como un peso muerto! A veces pienso que el mundo estaría mejor si simplemente desaparecieras! Si mi casa hubiera estado incluida en esa zona de desarrollo, ahora estaría nadando en dinero de la indemnización. Pero mira esto: ¡nada! ¡Ni un solo centavo! ¿Y aún tienes el descaro de vivir a mi costa? ¡Fuera! ¡He dicho que fuera!».
La voz de una mujer atravesó el aire, aguda y furiosa, mientras lanzaba su ira junto con una tormenta de insultos. Un hombre de andar desequilibrado salió tambaleando por la puerta, empujado con fuerza, con aspecto maltrecho y desgastado.
Helena lo siguió con la mirada y se le cortó la respiración al ver la cicatriz irregular que le atravesaba el rostro.
La cicatriz se retorcía sobre su piel formando un patrón horrible, curvándose como un enorme ciempiés extendido sobre su rostro.
La visión la dejó paralizada. Cuanto más lo miraba, más se desmoronaba su mente. Ese rostro, esa cicatriz, no le resultaban desconocidos. Los había visto antes, en los destellos de memoria que la habían atormentado durante años.
Ese hombre había estado allí. Él y otros la habían arrastrado a la oscuridad infinita.
El pánico se apoderó de ella. La respiración de Helena se volvió superficial, el pecho se le oprimió y todos los músculos se le tensaron.
Sin darse cuenta de quién era ella, el hombre con la cicatriz murmuró algo entre dientes y pasó junto a ella sin mirarla. Pero al pasar, el frío de su presencia se aferró a la piel de Helena. Su visión se nubló. No podía respirar. Entonces, sus rodillas se doblaron.
—¡Helena!
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Sin pensarlo dos veces, Alden se abalanzó hacia adelante y la atrapó justo a tiempo. La levantó y la llevó directamente al coche. Dentro del vehículo, Helena permaneció completamente inmóvil, inconsciente. Aunque tenía los ojos cerrados, estos temblaban bajo los párpados. Su rostro se retorció y sus labios se entreabrieron en un grito silencioso. Estaba atrapada en algo mucho peor que el sueño.
En el sueño, estaba corriendo de la mano de un niño. De repente, el mundo perdió todo su color, incluso las rosas se desvanecieron en un gris sin vida.
Sin previo aviso, cayó. Algo invisible se aferró a sus tobillos y comenzó a tirar de ella hacia atrás.
Helena soltó un grito y se dio la vuelta, solo para ver un grupo de figuras oscuras abalanzándose sobre ella.
Cuando una de ellas se acercó, su rostro se hizo nítido: era el mismo hombre con cicatrices que había visto momentos antes.
Las risas resonaban a su alrededor, retorcidas y crueles, mientras las figuras se acercaban y la arrastraban hacia la oscuridad.
El terror inmovilizó a Helena como si fueran cadenas, encerrándola en la pesadilla sin posibilidad de escapar. Extendió la mano desesperadamente, buscando al niño que una vez había significado su seguridad, suplicándole en silencio que la tirara hacia atrás.
En lugar de ayudarla, él se alejó aún más, encogiendo en la distancia como un eco que se desvanece. Cuanto más se adentraban las sombras en la oscuridad, más pequeño se hacía él, sin volverse nunca, sin ofrecerle su mano.
Una presión aplastante se cernió sobre su pecho, como si la propia oscuridad tuviera peso. Los pulmones de Helena se negaron a funcionar. El color se desvaneció de sus labios, dejándolos con un tono azulado y espeluznante.
—¡Helena! ¡Despierta!
Alden sabía lo peligroso que podía ser sacar a alguien de un sueño inducido por el trauma. Dudó por un instante.
Pero Helena estaba en peligro real. Esa vacilación desapareció. La agarró por los hombros y la sacudió suavemente, tratando de sacarla de su estado.
Un leve temblor recorrió sus pestañas cuando abrió los ojos, desenfocados y salvajes. Jadeó en busca de aire.
—Ya estás bien. Estás conmigo —dijo Alden rápidamente, en tono bajo pero firme.
Por fin, Helena fijó la mirada en él. Pasaron unos segundos de silencio antes de que se incorporara y se derrumbara contra él, dejando que los sollozos brotaran libremente en su pecho.
—Lo volví a ver… al niño del sueño… Me abandonó. Huyó. No me salvó… Nadie lo hizo…
Las palabras se cortaron a mitad de la frase, ahogadas por el dolor.
Alden la abrazó con más fuerza. Algo se retorció en su interior, un dolor profundo e implacable. Le acarició la espalda con suaves y constantes caricias y, cuando finalmente habló, la tensión en su voz reveló todo lo que sentía.
—Ya se ha acabado. Intenta que tus pensamientos no vuelvan a eso.
La culpa afloró en su interior cuando cerró los ojos. «Quizá el niño tenía sus razones. Quizá… no era lo suficientemente fuerte para quedarse».
Con su presencia tranquilizadora, Helena empezó a respirar más despacio y su cuerpo finalmente se relajó.
No fue hasta ese momento que Alden finalmente arrancó el motor y se puso en marcha hacia la casa de Valeria.
Cuando el coche pasó junto al hombre cojo y lleno de cicatrices, Alden frunció el ceño y una sombra de inquietud se dibujó en su rostro.
El hombre se volvió para ver cómo el vehículo desaparecía por la carretera, con la mente fija en la extraña reacción de la mujer. El recuerdo de su expresión se aferró a él, volviéndose más inquietante con cada segundo que pasaba.
Había algo en ella, algo que despertaba en él una familiaridad enterrada que no conseguía identificar.
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