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Capítulo 804:
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Janice se enfrentó a la actitud agresiva de Wendy con un aire de serena indiferencia, como si Wendy ni siquiera mereciera ser considerada una amenaza. Sin inmutarse, tomó un sorbo de café sin siquiera reconocer la presencia de Wendy.
Wendy frunció el ceño y su mirada se agudizó como una navaja. «¿Se te ha comido la lengua el gato?».
Por fin, Janice dejó que una lenta y cómplice sonrisa se dibujara en sus labios. Levantó la mirada lo justo para encontrarse con los ojos de Wendy, con una expresión divertida en el rostro. «Tengo una pequeña peculiaridad: las palabras duras no parecen afectarme. Así que, recuérdame, ¿qué acabas de decir?».
El rostro de Wendy se ensombreció y apretó los puños con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Apenas pudo contener el violento impulso que surgía en su interior. Janice se rió con frialdad, con voz llena de burla. «Tranquila. No te he llamado aquí solo para verte hacer una rabieta».
«No has cambiado, sigues siendo igual de mordaz». Wendy exhaló lentamente y se obligó a sentarse frente a Janice. «Pero sin Aiden, me pregunto si seguirías siendo tan segura de ti misma».
Su burla cayó con todo el peso de una pluma. Janice permaneció completamente imperturbable, con su compostura tan inquebrantable como siempre.
La forma en que Janice se comportaba —tranquila, sin esfuerzo, en control— hacía que las palabras mordaces de Wendy parecieran gritos en el vacío. Frustrante. Inútil.
Janice dejó la taza con deliberada elegancia y finalmente miró a Wendy a los ojos. Por una fracción de segundo, un destello frío brilló en su mirada.
Wendy lo vio. Y, por un breve instante, algo dentro de ella vaciló.
¿Realmente se sentía intimidada? ¿Por Janice, precisamente?
—Mi confianza nunca ha dependido de nadie —dijo Janice con suavidad—. Y el hecho de que te haya pedido reunirme contigo hoy debería decirte exactamente qué tipo de fuerza tengo.
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Wendy soltó una risa aguda y burlona. «Todo el mundo sabe que eres la hija repudiada de la familia Edwards. Claro, tienes a JE de tu lado, a Leah moviendo los hilos por ti y a Aiden a tu lado. Pero quítale todo eso, ¿quién eres realmente?».
Las palabras apenas habían salido de sus labios cuando su instinto le gritó. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera reaccionar: inclinó la cabeza justo a tiempo para esquivar algo que cortaba el aire.
Wendy sintió un agudo pinchazo en la mejilla. Parpadeando, se llevó la mano a la cara y sus dedos rozaron una piel cálida y húmeda. Sangre. Un ligero olor metálico le llegó a la nariz.
«Tú…». Wendy se quedó boquiabierta ante la mancha carmesí en sus dedos, con una expresión de incredulidad en el rostro. Lentamente, levantó la mirada hacia Janice, que estaba sentada allí, completamente serena, haciendo girar distraídamente un pequeño cuchillo de fruta entre sus dedos como si nada hubiera pasado.
Una bandeja de fruta descansaba inocentemente sobre la mesa, con el cuchillo en su lugar entre las rodajas cuidadosamente dispuestas. Sin embargo, ahora descansaba en la mano de Janice, como si siempre hubiera estado allí.
Wendy no tenía ni idea de cuándo Janice había cogido el cuchillo ni cuándo había atacado. Si su instinto no hubiera reaccionado en el último segundo, esa hoja podría haberle atravesado la garganta en lugar de rozarle la mejilla.
«Wendy, pareces un poco alterada. Quizás una gota de sangre te ayude a calmarte». Janice hizo girar el cuchillo entre sus dedos antes de volver a dejarlo casualmente sobre la mesa, con una voz tan fría como el acero.
Su tono era ligero, casi divertido, pero el mensaje era muy claro: si seguía presionando, la próxima vez el cuchillo no solo le dejaría un rasguño. Wendy entrecerró los ojos mientras estudiaba a Janice con renovada cautela. La había subestimado, y mucho. Ese único movimiento bastó para demostrar una verdad innegable: Janice era una amenaza real.
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