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Capítulo 646:
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El aire estaba cargado de un olor acre que sacó a Stephen de las profundidades de la inconsciencia.
Abrió los ojos con dificultad, luchando por atravesar la oscuridad turbia que lo rodeaba por todos lados. Más allá del débil alcance de la tenue luz, un vacío impenetrable lo envolvía todo.
«¿Dónde estoy?». La cabeza de Stephen le latía con fuerza mientras luchaba por salir de la niebla de la inconsciencia.
Fragmentos de recuerdos pasaban por su mente: despedirse de Wendy, esperar un taxi bajo las luces de la ciudad. Luego, una furgoneta que se materializó desde las sombras, figuras oscuras que se abalanzaron sobre él y la oscuridad que lo envolvió antes de que pudiera siquiera gritar. «¿Me han secuestrado?».
Las palabras le sabían amargas en la lengua, y su mente daba vueltas ante lo absurdo de todo aquello.
En esta era de vigilancia omnipresente, en la que las cámaras acechaban en cada esquina, alguien se había atrevido a secuestrarlo en plena calle. Era una descarada muestra de ilegalidad que sacudió su fe en la seguridad moderna.
«¿Hay alguien ahí?». Stephen respiró hondo y al instante se arrepintió, ya que un olor nocivo invadió sus pulmones y le revolvió el estómago.
El olor le trajo un recuerdo, familiar pero siniestro.
«¿Gasolina?».
La comprensión lo golpeó como un golpe físico. El aire estaba saturado con el inconfundible hedor del combustible. «¿Hay alguien aquí?».
Su voz resonó en la oscuridad, con la desesperación asomando en sus bordes. Aunque el motivo de su secuestro seguía siendo un misterio, la presencia de gasolina pintaba un cuadro horrible: esto no era solo un secuestro, era el preludio de algo mucho más siniestro.
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Sus gritos rebotaban en paredes invisibles, volviendo para burlarse de él con su vacío.
El pánico le oprimía el pecho mientras se devanaba los sesos en busca de respuestas. Nunca había ofendido a nadie, nunca había hecho enemigos dignos de tal malicia.
Si el objetivo era el rescate, ¿dónde estaban sus captores?
Y si su objetivo era la muerte, ¿qué podía haber hecho para merecer tal destino?
Stephen se dobló en un ataque de tos.
Los vapores acre de la gasolina convertían cada respiración en una batalla.
Pero lo que realmente lo helaba hasta los huesos era saber que una sola chispa podía transformar esta prisión empapada de combustible en un infierno. Como si lo hubieran invocado sus miedos más oscuros, volutas de humo comenzaron a curvarse bajo la puerta como dedos fantasmales.
El aire, ya envenenado, se espesó hasta convertirse en un miasma sofocante, y cada inhalación se volvió más preciosa que la anterior.
Sin embargo, ante esta fatalidad inminente, una extraña serenidad invadió a Stephen. «Quizás morir así no sea tan malo. Al menos no tendré que volver a ese infierno».
Pero entonces, como un rayo de sol que atraviesa las nubes de tormenta, la imagen de Janice se grabó en su conciencia. Su corazón se aceleró y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. «Esto es muy extraño. Apenas nos hemos cruzado, pero su presencia se ha grabado profundamente en mi alma. De todos los rostros que podrían aparecer ante mis ojos en estos últimos momentos, es el suyo el que atraviesa la oscuridad».
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