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Capítulo 562:
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Stephen pareció un poco sorprendido. «¿Sabes arreglar ropa?».
«Sí. Hace tiempo aprendí un poco de diseño de moda por mi cuenta». Leah probablemente pondría los ojos en blanco si oyera esto.
Janice, un nombre reconocido en la industria de la moda, ¿minimizando sus habilidades como «un poco»? Eso era un nuevo nivel de humildad.
«Los trajes de baño del equipo de producción me quedan bien», respondió Stephen.
«Ya veo». Janice arqueó una ceja mientras Stephen se mantenía firme junto a la puerta, negándose a apartarse y dejando clara su postura. Aun así, ella no dio señales de ceder.
Su comportamiento se volvía cada vez más sospechoso.
A un hombre no le debería llevar mucho tiempo ponerse un bañador, pero Stephen permanecía allí, envuelto en una bata, como si estuviera ocultando algo.
Algo en su comportamiento hizo saltar las alarmas en la mente de Janice.
De repente, Janice percibió un ligero olor en el aire y frunció el ceño en respuesta.
Era, sin lugar a dudas, el olor metálico de la sangre.
Entrecerró los ojos y miró a Stephen con curiosidad y preocupación.
—Janice, si eso es todo, volveré a…
—Claro. —Janice le dedicó una pequeña sonrisa como si fuera a marcharse, pero, con un movimiento rápido, empujó la puerta y entró.
Stephen abrió los ojos con sorpresa, tomado por sorpresa por su repentina acción. Se tambaleó hacia atrás y, en su pánico, resbaló y cayó de espaldas.
«¡Stephen!», gritó Janice, lanzándose hacia adelante para agarrarlo por la cintura antes de que cayera al suelo.
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En un momento que parecía sacado de una escena de rescate cliché, los papeles se invirtieron de forma divertida, con Janice haciendo de salvadora.
Janice se sintió avergonzada y culpable. No había previsto que su acción repentina desconcertara tanto a Stephen.
Stephen hizo un gesto de dolor y un leve gemido escapó de sus labios. «¿Te has hecho daño, Stephen?», preguntó Janice apresurándose a sujetarlo, al darse cuenta de lo pálido que se había puesto su rostro y de que sus labios habían perdido todo su color.
«Estoy bien», respondió Stephen, apartándola con un gesto de indiferencia, tratando de crear cierta distancia.
Pero entonces sus ojos se posaron en Janice, que se había quedado paralizada, mirando su mano. Su palma estaba cubierta de sangre, una mancha de color rojo intenso. «Stephen, ¿estás sangrando?».
El rostro de Stephen se puso aún más pálido, su expresión delataba pánico, como si se hubiera revelado una verdad oculta.
«Estoy bien. Por favor, vete», insistió, intentando sacar a Janice de la habitación. Sin embargo, la mirada de Janice se endureció con determinación. Le agarró la mano y le dio la vuelta, fijando su atención en su espalda.
El impoluto albornoz blanco estaba manchado de rojo y, gracias a su experiencia como cirujana, Janice reconoció al instante los signos reveladores de la sangre de una herida reciente.
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