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Capítulo 272:
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Una ola de comprensión recorrió a la multitud. Supusieron que se trataba de una rivalidad entre dos mujeres. Eso explicaba la tensión crepitante en el aire.
«Delilah, deja de fingir», comentó Janice con frialdad, con los brazos cruzados mientras observaba cómo se desarrollaba esta actuación.
Pero Sierra, con la paciencia al límite, dio un paso adelante con los ojos encendidos. «Sabes, ver cómo te haces la víctima ya me está cansando. ¿Quieres jurar que no son tus matones a sueldo? ¿O es que no eres tan valiente?».
La compostura de Delilah se resquebrajó por un momento antes de espetar: «¿Y por qué no iba a serlo?».
«Entonces júralo. Jura que si estas personas son actores a sueldo, toda su familia encontrará su fin. Excepto Janice, naturalmente».
«Sierra, no pasa nada. Rompí esos lazos hace mucho tiempo; el apellido Edwards ya no significa nada para mí. Su maldición no puede tocarme».
La indiferencia de Janice hizo que Delilah apretara la mandíbula. —¡Genial! Entonces adelante, júralo —insistió Sierra, sin dejar a Delilah ninguna vía de escape.
Delilah palideció. Sierra la había acorralado con precisión quirúrgica.
No se trataba de un juramento cualquiera, sino de una sentencia de muerte para toda su familia.
Entre la multitud, los nudillos de Laurie se pusieron blancos, apenas conteniendo su furia.
Delilah estaba atrapada: maldecir a su familia con el juramento o admitir su plan al negarse.
Todas las miradas se posaron en Delilah, llenas de curiosidad y escrutinio.
Delilah se sentía como una gallina indefensa atada y abandonada a las llamas, con todos los ojos de la sala clavándose en ella como punzones al rojo vivo.
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—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? —se burló Sierra, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿O es que tienes demasiado miedo de jurar porque estas personas son solo títeres que has contratado?
—¡Lo juro! —espetó Delilah, apretando los dientes con tanta fuerza que podrían haberse roto—. Si son títeres que he contratado, ¡que perezca toda la familia Edwards!
Los aplausos de Janice resonaron en la sala llena de tensión, agudos y deliberados. Su mirada se dirigió hacia Laurie justo a tiempo para ver a la mujer tambalearse como si fuera a desmayarse en cualquier momento.
«Delilah, realmente no tienes límites», dijo Janice, con una sonrisa burlona que se curvaba como el humo. «Pero incluso si tu pequeña maldición se cumpliera, sería la familia Edwards la que mordería el polvo. ¿Qué te importa a ti? Solo eres su hija adoptiva».
Con esas palabras, Janice recordó una vez más a todos que Delilah no tenía ningún vínculo sanguíneo con la familia Edwards. Los susurros se extendieron entre la multitud, y los espectadores intercambiaron miradas divertidas y cómplices. Si Delilah solo era la hija adoptiva, entonces su dramático juramento apenas tenía peso. Tal y como señaló Janice, si la familia Edwards fuera exterminada, ¿qué le importaría a Delilah?
Laurie, por su parte, palideció como un fantasma. Un recuerdo que había intentado enterrar salió a la superficie, cada vez más nítido y claro con cada segundo que pasaba.
Pero sacudió la cabeza con fuerza, negándose a dejar que el pasado se apoderara de ella. Delilah era ahora su hija, no la de Janice. Eso era lo único que importaba.
En ese momento, sintió una mirada burlona clavándose en ella, afilada como una daga.
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