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Capítulo 212:
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Su veredicto fue unánime: la canción de Carman no podía compararse con la pieza de Janice y tenía todos los indicios de plagio.
«Carman, si no puedes aportar pruebas que respalden tu afirmación…», comenzó Janice, con voz tranquila pero con un sutil tono de autoridad.
«¿Pruebas?», espetó Carman, apretando la mandíbula. «¿Me pides pruebas? ¿Dónde están las tuyas, Janice? ¿Puedes demostrar que esa pieza es realmente tuya?».
Janice se encogió de hombros, con una sonrisa divertida en el rostro. «Fue una composición improvisada, Carman. El vídeo en el que la toco es toda la prueba que necesito».
«¡Eso es ridículo!», exclamó Carman, con la voz elevada y la ira desbordándose. «No puedes afirmar que un vídeo es una prueba. ¿Cómo sabemos que esta pieza es original? ¡Por lo que sé, la has copiado de algún otro sitio!».
La expresión de Janice no vaciló. «Incluso si ese fuera el caso, la fecha de mi vídeo es anterior al lanzamiento de tu canción. ¿Por qué no buscas en Internet? Si encuentras aunque sea otra pieza que coincida, lo admitiré».
Carman vaciló, con la mente a mil por hora. La fecha del vídeo de Janice era un problema evidente. Si no existía ninguna composición similar en Internet, su afirmación sería innegable. El pánico comenzó a reflejarse en sus ojos.
«¿Quién dice que no hay otra?», irrumpió Yvonne desde detrás del escenario, con el rostro decidido y enfadado.
El rostro de Carman se iluminó con alivio en el momento en que Yvonne entró en la sala. «¡Yvonne! ¿Tienes algún plan? Por favor, dime que tienes algo».
Yvonne lanzó a Carman una mirada fulminante, con evidente decepción. Quería regañarle por el lío en el que les había metido, pero no era el momento. Sus destinos estaban entrelazados y, si el barco se hundía, ninguno de los dos sobreviviría.
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La atención de la multitud se centró en Yvonne, y la tensión en la sala era palpable.
Todos sabían quién era: Yvonne Byrd, la astuta representante de Carman.
Su rápido ascenso al estrellato no se debía solo a su talento, sino también a la brillantez estratégica de ella.
—Janice, esa es Yvonne Byrd, la representante de Carman. He oído que es increíblemente inteligente. ¿Quién sabe qué trucos se le ocurrirán? —dijo Sierra con preocupación.
«Que lo intente», respondió Janice con serenidad, con voz tranquila y firme. «Te prometí que haría justicia, Sierra. Solo hay un resultado posible, y no les favorecerá».
La preocupación de Sierra comenzó a desvanecerse, sustituida por la admiración. Miró a Janice con los ojos brillantes de asombro.
La confianza de Janice era magnética, el tipo de aplomo inquebrantable que había atraído a Sierra hacia ella en primer lugar.
Era precisamente ese aura la que le había dado a Sierra la fuerza para desafiar a su madre, inspirada por la capacidad de Janice para afrontar cualquier reto con una certeza natural.
Sierra dejó escapar un suspiro silencioso. Para alguien tan extraordinario como Janice, era desgarrador pensar en los sacrificios que había hecho por la familia Edwards. Había recortado voluntariamente sus alas para complacerlos, todo por lo mucho que valoraba a su familia.
Ahora, al ver a Janice libre de su control, Sierra se daba cuenta de que la experiencia le había dejado profundas cicatrices. El dolor que Janice había soportado era innegable, y hacía que el resentimiento de Sierra hacia la familia Edwards ardiera aún más.
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