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Capítulo 1187:
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Parecía joven y refinado, probablemente de una familia acomodada. Sin embargo, Janice apenas le dedicó una mirada antes de volver a su boceto, capturando con sus pinceladas el vibrante paisaje.
«Es precioso. Pero ¿por qué estás sola? ¿Dónde está tu familia?», preguntó el niño con curiosidad.
Janice se quedó paralizada, con la mano suspendida en el aire. Levantó la vista hacia el niño, con los ojos ligeramente enrojecidos. «No tengo familia».
«¿Cómo es posible? ¿No tienen todos los niños una?». Su pregunta sonó suave, sin ningún atisbo de maldad. Pero cuando vio caer sus lágrimas, como cuentas que se deslizan por un hilo roto, algo se retorció en su interior. «Por favor, no llores. ¿Y si comparto mis padres contigo?».
Ella lo miró parpadeando, con la nariz rosada por los sollozos. La oferta la desconcertó. Las familias no eran algo que se regalaba; lo eran todo. Sin embargo, sus ojos eran puros y brillantes, como si cada palabra fuera sincera.
«¿Lo dices en serio?».
«Sí. A partir de ahora, mi familia también es tuya. Así que puedes dibujarlos en este dibujo».
Janice esbozó una pequeña sonrisa. Luego cogió el pincel y comenzó a dibujar una familia de cuatro en el paisaje otoñal en blanco.
Una niña corría bajo el sol, con una sonrisa tan brillante como el cielo. Un niño la perseguía, con los ojos tiernos, mientras sus padres se quedaban cerca, observándolos con amor silencioso.
—Janice —interrumpió una voz suave.
Abrió los ojos de par en par. Frente a ella había un rostro familiar, ahora más viejo, pero cálido.
Su mirada tenía la misma calma que ella recordaba del chico de su pasado. Esa misma calidez la inundó.
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—Aiden —lo llamó, con lágrimas en los ojos.
Él se tensó. Abrió mucho los ojos. —¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras?
—He vuelto. —Janice se incorporó y lo abrazó—. Por fin lo recuerdo todo.
Aiden no se movió al principio. Le daba vueltas la cabeza, el corazón le latía con fuerza, sin saber si todo aquello era real. —Janice, ¿lo recuerdas todo?
—Sí. Todo. —Sus labios esbozaron una sonrisa. Sus ojos estaban claros y llenos de certeza—. Siempre sentí algo contigo. No me extraña que cuando te vi después del accidente de coche me resultaras tan familiar. Así que tú eras el chico del pasado.
Mientras Janice le explicaba todo, la memoria de Aiden se abrió y el pasado volvió a él.
Era su cumpleaños. Sus padres habían organizado una excursión otoñal. Y allí, bajo las hojas doradas, había una niña en el jardín, demasiado bonita para olvidarla.
Pero la niña nunca parecía feliz. Se mantenía al margen, apenas hablaba. En aquel entonces, lo único que quería era hacerla sonreír. No entendía mucho, hasta que descubrió que ella no tenía padres.
Se sintió muy mal por ella. Así que le hizo la única oferta que se le ocurrió: le dijo que sus padres también podían ser los suyos. Más tarde, tomaron caminos separados.
Cuando regresó, pensó que aún tendrían tiempo para viajes como ese. Pero resultó ser el primero y el último.
Se dio cuenta de que tener padres no era tan diferente a no tenerlos.
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