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Capítulo 1156:
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«¡Alister!», gritó Darrell, con la furia encendiendo su alma. Cargó contra él, con el cinturón girando como un tornado, golpeando con intención letal.
Alister, consciente de la destreza de Darrell, retrocedió rápidamente. Pero Darrell, como un jaguar desatado, se abalanzó sobre él de un solo salto.
«¡Al infierno contigo!», rugió Darrell, con el rostro convertido en una máscara de ira que paralizó a Alister durante una fracción de segundo.
En ese instante, un machete se lanzó hacia Darrell.
Sus reflejos se activaron y Darrell echó hacia atrás su cinturón, desviando la hoja justo a tiempo.
Cuando el polvo se asentó, vio a los matones de Alister acercándose, uno por uno. Un escalofrío le recorrió el pecho: Rodney y los demás debían de haber mordido el polvo.
«¡Darrell, esta vez estás acabado!», se jactó Alister, envalentonado por sus refuerzos. «¡Chicos, acabemos con él!». Alister y su manada descendieron como lobos.
Darrell blandió su cinturón para repeler sus ataques, pero, superado en número, sufrió un número cada vez mayor de heridas.
Parecía un guerrero empapado en sangre, con la mirada inquebrantable, mientras protegía a Janice y mantenía a raya todas las amenazas.
Si no hubiera escondido a Janice y hubiera llamado a Aiden desde el principio, esta pesadilla podría haberse evitado.
Ahora pagaba un alto precio por su egoísmo y avaricia, aunque su mayor angustia provenía de su incapacidad para proteger a Janice. Había jurado hacer de Janice la mujer más feliz del mundo, pero ahora esa promesa le parecía ridícula. Al parecer, la codicia podía herir tanto a los codiciosos como a quienes los rodeaban.
Con un crujido nauseabundo, una cuchilla se hundió una vez más en Darrell.
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Este lanzó un rugido de desafío y arremetió violentamente con su cinturón. Pero cuando este chocó con el filo de la cuchilla, el cuero se rasgó como un trapo raído.
—Darrell, te concedo esto: eres un tipo especial —dijo Alister con una sonrisa burlona, mirando al hombre maltrecho que tenía delante—. Las heridas de Darrell eran espantosas, un mapa de dolor grabado en su cuerpo, pero se mantenía erguido, inquebrantable.
—Pero hoy se te ha acabado la suerte. —Pasó junto a Darrell, con la mirada fija en Janice.
Cuando vio su impresionante belleza, sus ojos soñadores y magnéticos, suavizados por la neblina de la droga, su hambre se disparó como un incendio forestal.
—No la pierdan de vista —ordenó a sus hombres—. Cuando haya tenido mi parte, será toda suya.
—¡Muchas gracias, jefe! —respondieron con entusiasmo.
Alister se frotó las manos, prácticamente salivando mientras se preparaba para abalanzarse sobre Janice.
Pero en ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda, deteniéndolo en seco.
Darrell, cansado y manchado de sangre, levantó la cabeza. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro al ver acercarse una figura imponente. «Por fin has llegado», murmuró.
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