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Capítulo 1139:
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Ensimismada en sus pensamientos, Jessie dejó que Melissa acompañara a Helen a la suite, mientras ella se ocupaba de preparar el té.
Después de arreglarse, Jessie observó cómo Melissa servía el té a Helen. Se dio cuenta de algo. Melissa encarnaba el ideal de nuera que Helen admiraría, mientras que Jessie sentía que sólo había interpretado el papel de arpía, discutiendo constantemente con Albert.
Tras su ruptura, Jessie encontró claridad. Decidió afrontar el encuentro con elegancia.
Jessie se disculpó sinceramente ante Helen, su remordimiento era evidente en su actitud seria.
Helen le hizo señas a Jessie para que se acercara, lo que hizo que se le formara un nudo en la garganta.
Con la tez ruborizada por la emoción, la voz de Jessie tembló al preguntar: «¿No me culpas?».
Helen negó suavemente con la cabeza, con una punzada de simpatía evidente en sus ojos.
La juventud de Jessie y su relación de tres años con Albert pesaban mucho en su mente. Jessie procedía de un entorno familiar respetable, pero estaba dispuesta a transigir. Incluso Helen no podía evitar sentir que no era justo.
Sentada junto a Helen, Jessie se sorprendió cuando Helen se quitó una pulsera de jade de la muñeca y se la ofreció. El brazalete, valorado en millones, tenía un significado sentimental muy superior a su valor monetario.
Pero a pesar de sus reservas, Helen se mantuvo firme en su decisión de dársela a Jessie.
Helen explicó: «Este brazalete ha adornado mi muñeca durante muchos años, manteniendo siempre su impecable belleza. Jessie, que tu futuro sea tan perfecto como esta pulsera».
Abrumada por la emoción, Jessie no pudo contener las lágrimas.
Helen la envolvió en un abrazo reconfortante, susurrándole: «Lo siento. Lo siento mucho. Es culpa de Albert».
Jessie lloró durante un largo rato, y Helen permaneció paciente y tierna durante toda su descarga emocional.
Mientras tanto, Melissa observaba el tierno intercambio, con sus pensamientos vagando hacia Marcus y Matthew.
Esa misma noche, Albert estaba en el balcón del segundo piso de la casa, vestido con una camisa blanca y unos pantalones de traje negros, fumando un cigarrillo en silencio.
A pesar de su aspecto apuesto, en su conducta se reflejaba una clara ausencia de alegría.
Mientras fumaba, sus pensamientos se centraban en Jessie. Esa misma noche, el mensaje de Melissa le había informado de su regreso a Duefron, sin mencionar a Jessie. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza la idea de que Jessie debía de haber derramado lágrimas durante mucho tiempo.
Entonces, un par de delicados brazos envolvieron la cintura de Albert, sacándole de su ensoñación.
Daisy, su nueva esposa, apoyó la cabeza en su espalda, con voz suave al preguntar: «¿La echas de menos?».
Albert le dio una palmadita tranquilizadora en la mano y respondió con voz tensa: «No».
Cuando los hombres mentían, las mujeres inteligentes tenían sentido del decoro.
Daisy, tan perspicaz como siempre, detectó la falsedad de sus palabras. Le apagó el cigarrillo con suavidad. «Vete a ducharte. Se está haciendo tarde».
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