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Capítulo 937:
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Una vez cambiado el pañal, Isaac depositó un delicado beso en la frente de su hija. «Cariño, mira cómo se arregla papá, ¿vale? En cuanto vuelva a estar impecable, te llevaré fuera y te enseñaré el sol».
La pequeña soltó una risita alegre y burbujeante, como si entendiera cada palabra.
Verena observó cómo Isaac se alejaba arrastrando los pies, con su hija acurrucada con delicadeza en sus brazos, el pelo revuelto y la postura ligeramente encorvada. Al ver aquello, una sensación de calidez le invadió el pecho.
Cuando por fin llegó el día del alta, la luz del sol de finales de otoño se derramaba por el pasillo del hospital y bañaba la habitación de un tono dorado. Joseph, Marisa y Danica habían insistido en venir a acompañar a la familia a casa, pero Verena les hizo señas con una sonrisa para que se marcharan. Ya habría tiempo de sobra para los reencuentros en casa, pensó.
Isaac envolvió a su pequeña en una manta con estampado de conejitos, con cada movimiento deliberado y cuidadoso. Ni siquiera la enfermera pudo resistirse a bromear con él. «Se está convirtiendo en todo un profesional, señor Bennett», le dijo con un guiño.
Una vez en el coche, Verena echó la cabeza hacia atrás y observó cómo Isaac abrochaba el portabebés con meticuloso cuidado. Colocó la chaqueta de su traje sobre la cesta, asegurándose de que ni una sola corriente de aire pudiera alcanzar a su hija. Aquella imagen le arrancó una sonrisa silenciosa.
El coche avanzaba por una avenida bordeada de imponentes plátanos, cuyas ramas brillaban con tonos dorados y rojizos bajo el sol de la tarde. Apenas habían salido del hospital cuando un llanto repentino rompió la calma: suave pero insistente, rebosante de una necesidad recién nacida.
Sin pensarlo, Isaac se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó para coger a la pequeña en brazos, moviéndose tan rápido que Verena solo pudo quedarse mirando.
«¿Qué te pasa, pequeña?», susurró, con auténtica preocupación en la voz. Le dio unas palmaditas en la espalda a través de la mantita rosa, con palabras suaves y tranquilizadoras. «Papá está aquí. No hay por qué tener miedo».
Mientras la mecía suavemente, aquella melodía familiar —su canción de cuna— llenó el coche, envuelta en el infinito cariño de un padre.
Cо𝗺𝘱𝖺𝗿𝘁𝗲 𝘵𝗎 op𝗶n𝗶𝘰́𝘯 𝘦𝗻 n𝗈v𝘦𝗹𝖺𝘴𝟰𝗳𝖺ո.co𝗺
Verena lo recordaba claramente. Justo la noche anterior, él había hecho lo mismo, paseándose por la habitación paso a paso con su hija en brazos hasta que el reloj dio las cuatro.
«Isaac», dijo ella en voz baja, apoyando la mano con delicadeza sobre su brazo.
«La enfermera mencionó que los recién nacidos suelen tener cólicos. No siempre significa que tengan hambre o que necesiten un pañal limpio. Si la acunas cada vez que llora, puede que empiece a necesitarlo solo para calmarse».
Pero Isaac solo apretó más fuerte a la pequeña contra sí, girándole la carita hacia la suya. Con el pulgar le secó una lágrima solitaria. «Está triste. ¿Cómo voy a dejarla llorar sola? »
El diminuto puñito se alzó y agarró su corbata con una fuerza sorprendente, e Isaac soltó una risita.
«Pequeña pícara», murmuró, besándole la frente. «Pero, sinceramente, no lo cambiaría por nada del mundo».
La expresión de su rostro hizo que Verena se riera a carcajadas.
«Si sigues así, Isaac», bromeó ella, «va a aprender lo fácil que es salirse con la suya».
Isaac levantó la mirada, con la luz dorada reflejada en sus pestañas. «Déjala. Yo siempre estaré ahí para luchar en sus batallas».
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