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Capítulo 919:
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Le explicó todo: el aluvión de mensajes, el número misterioso que no llevaba a ninguna parte, su creciente inquietud. «Sé que la tarea es difícil, pero eres el único que puede encargarse de algo así. Por favor, Iván. No me quedan más opciones».
Durante un momento, no dijo nada. Entonces, la bravuconería de Iván se desvaneció, sustituida por una seriedad poco habitual. «No te preocupes, Verena. Llegaré al fondo del asunto. Sea quien sea el que te está acosando, investigaré hasta encontrarlo, cueste lo que cueste».
Luego suspiró. «Aunque tengo que advertirte: números como estos no son fáciles de descifrar. Puede que lleve un poco de tiempo».
«Confío en ti, Iván», respondió Verena, con un tono suave pero firme. «Solo ten cuidado, ¿de acuerdo? Nada de tonterías. Yo también necesito que estés a salvo».
Los días siguientes se hicieron eternos. Verena intentó seguir con su rutina en la maternidad, pero su atención no dejaba de desviarse hacia el móvil, siempre a la espera de noticias de Iván. Cada pitido le aceleraba el corazón.
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Dos noches más tarde, bien pasada la medianoche, Verena yacía inquieta en la cama, incapaz de dormir porque el embarazo la mantenía despierta.
De repente, su móvil se iluminó a su lado con un mensaje de Iván.
«¡Verena, creo que he encontrado algo!»
Isaac apenas se había apartado del lado de Verena en la sala de maternidad durante los últimos dos días. Cuando se dio cuenta de que ella se movía, preparándose para levantarse, ya estaba allí, sujetándole el brazo y ayudándola con cuidado a ponerse de pie.
Una vez dentro del baño, Verena se apoyó contra los azulejos fríos durante un momento antes de sacar el móvil del bolsillo. La pantalla se iluminó con una avalancha de notificaciones.
En la parte superior había un largo mensaje de Iván, seguido de una cadena de texto codificado.
Le estaba avisando de que había descubierto algo inusual utilizando un software de rastreo avanzado: aunque el número de prepago estaba envuelto en capas de señuelos, en un momento dado había rozado brevemente un servidor en el extranjero. Ese único desliz le había dado lo justo para seguir adelante.
Al desentrañar los datos del servidor pieza a pieza, Iván había logrado delimitar una ubicación aproximada y reunir fragmentos de información del usuario.
A continuación venía una nota de voz. «Verena, esto es todo lo que puedo averiguar por ahora. Este tipo es cauteloso —demasiado cauteloso— y se oculta tras un sinfín de contramedidas. Pero no te preocupes. Seguiré investigando hasta que descubra su verdadera identidad».
Verena le respondió con un mensaje rápido: «Gracias por tu esfuerzo, Iván».
Su respuesta llegó casi al instante, enérgica y tranquilizadora. «No hace falta que me des las gracias. Céntrate en ti misma. Deja que yo me encargue del resto».
Verena bajó el teléfono y se vio reflejada en el espejo del baño. La mujer que la miraba parecía bastante tranquila en apariencia, pero sus ojos delataban el peso que le oprimía la mente.
Durante los días siguientes, su vida parecía normal desde fuera. Isaac la convencía para que saliera al jardín cada mañana después del desayuno, y a veces se unía a ella para hacer estiramientos suaves o un poco de yoga, con cuidado de que no se esforzara demasiado.
Pero Verena había empezado a fijarse en todo lo que la rodeaba: cada movimiento fugaz en el pasillo, cada rostro desconocido que se demoraba un segundo de más.
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