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Capítulo 910:
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«Como…» La yema de su dedo recorrió la tenue cicatriz que tenía debajo del ojo, siguiendo el sutil espasmo del músculo bajo su piel. «A los diecisiete años, decidí sin dudarlo marcharme a otro país. Y a los veintisiete… sé sin lugar a dudas que eres el hombre con el que quiero pasar el resto de mi vida».
Luis bajó la cabeza lentamente, dejando al descubierto la elegante línea de su cuello. En un gesto a la vez vulnerable y tierno, acurrucó la mejilla contra el pecho de ella.
«Si ese es el caso», murmuró, con la voz amortiguada contra la piel de ella y provocándole un delicioso escalofrío, «no te alejes nunca más de mi lado».
Permanecieron así durante un largo rato, abrazados en un silencio más íntimo que las palabras.
𝘊𝖺p𝘪́t𝘂𝗹o𝘴 n𝘶e𝗏𝗈s с𝗮𝘥𝗮 ѕ𝗲m𝘢ոа еn ոo𝘷𝗲𝘭𝘢𝘀𝟰fan.с𝗈m
Por fin, Miranda lo rompió con un suspiro juguetón. «Tengo hambre. Quiero las tartas de manzana que has hecho».
Su mirada se posó en la caja de regalo tallada que había sobre la mesita de noche, cuya madera aún estaba oscurecida por las gotas de lluvia. Aquella imagen la llenó de una calidez mucho más intensa que el hambre.
Luis se enderezó de inmediato. Con dedos elegantes, tiró de la cinta de raso y, al levantarse la tapa, el aroma de las manzanas especiadas se extendió por la habitación. «Toma», dijo con una sonrisa torcida. «Coge una para que te vaya pasando el rato. Prepararé el té de jazmín para contrarrestar el dulzor».
Cogió unas cuantas bolsitas de té y se dirigió a zancadas al salón. Al poco rato, el leve sonido del agua hirviendo resonó al otro lado de la puerta.
Al quedarse sola, Miranda retiró con cuidado el papel encerado.
Sus manos se paralizaron a mitad de camino. Junto a las tartas había una nota blanca sin adornos, en la que se leía una letra llamativa escrita con trazos gruesos. «A partir de ahora, quiero cumplir cada uno de tus deseos con mis propias manos, sin importar el precio que tenga que pagar».
Luis regresó justo a tiempo para pillarla leyendo.
«¿Qué es esto?», preguntó ella con ligereza, como si aún no hubiera percibido el calor que se escondía tras aquellas palabras. Agitó la nota en tono burlón, observando cómo el rubor se le subía por las orejas hasta que ya no pudo ocultar su vergüenza.
Rascándose la nuca, le dedicó una media sonrisa avergonzada. «Lo admito… No soy precisamente elocuente en lo que al romance se refiere».
Su risa brotó, brillante y desenfrenada, y el sonido hizo que el corazón de él se acelerara de la forma más peligrosa.
«¿Qué?», preguntó él, mirándola con los ojos suavizados por la luz del sol que se colaba a través de las cortinas.
«Nada». Sin dejar de sonreír, dobló la nota en forma de barquito y se la puso en la palma de la mano. «Señor Sampson», añadió, a medio camino entre la broma y la sinceridad, «yo diría que, después de todo, es usted todo un romántico».
Se quedó paralizado, sin saber muy bien si ella lo estaba elogiando o burlándose de él.
Pero antes de que la duda pudiera arraigarse, Miranda le dio un golpecito en el brazo y le susurró: «Quiero que me des de comer el pastel de manzana».
Eso le hizo sonreír. Con tranquila obediencia, cogió un trozo de la caja y se lo llevó a la boca, con la otra mano suspendida debajo para recoger cualquier migaja que se escapara.
Su mirada se demoró en el polvo de azúcar que se le había quedado pegado en los labios. Incapaz de resistirse, se inclinó y se lo quitó con la punta de la lengua. «¿Dulce?».
Miranda se encontró con su mirada burlona y le lanzó un beso. «Dulce».
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