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Capítulo 794:
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Una oleada de náuseas invadió a Sherwood, haciendo que el suelo le pareciera inestable. Se tambaleó hacia la mesa, agarrándose a su borde para mantenerse en pie.
Con los ojos muy abiertos y sin palabras, miró fijamente al frente, con los labios retorciéndose al intentar articular palabras que no salían, mientras sus pensamientos se descontrolaban.
Cada estrategia, cada gran visión que había construido para su negocio… se esfumó en un instante, derrumbándose bajo esta única verdad. Siempre había creído que podía burlar al destino, que incluso su enfermedad no era más que otro problema que resolver.
Esa ilusión se hizo añicos en ese momento.
El engaño de Verena no fue solo un revés; puso todo su mundo patas arriba.
El tiempo se arrastraba antes de que Sherwood pudiera articular palabra. «Esa mujer va a pagar por esto», dijo, con la voz temblorosa de rabia.
Respiraba entrecortadamente, con la ira ardiendo con tal intensidad que su rostro se sonrojó, para luego palidecer como un fantasma.
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Amargas maldiciones brotaban de sus labios mientras luchaba contra la conmoción y la furia, incapaz de decidirse por una sola emoción.
Al dar un puñetazo en el escritorio, Sherwood hizo volar los papeles por toda la habitación.
«¿Quiere pelea? ¡La tendrá!», gritó Sherwood. «Ni de coña voy a dejar que se salga con la suya…»
Luchando por contener la tormenta que se agolpaba en su interior, respiró hondo e intentó recomponerse por el bien de Molly. «Nada de esto cambia lo que tengo pensado hacer. Molly, quiero que te quedes en casa y esperes mi llamada. No salgas, ¿me oyes?»
Pronunció cada palabra despacio y con fuerza, con los ojos ardientes de feroz determinación.
«Papá, por favor, escúchame…», intentó explicar Molly, con la voz temblorosa por el dolor.
«¡Ya basta, Molly!», espetó Sherwood, con una voz aguda que atravesaba la línea telefónica. «Las cosas se están descontrolando. Estarás más segura si te quedas en casa. ¡Esto no es negociable!».
La voz de Molly temblaba de incertidumbre. «Pero ¿y la empresa? No puedo dejarla así sin más».
Sherwood la interrumpió, con un tono que se astillaba como cristal roto. «Olvídate de la empresa por ahora. Yo me encargaré de todo. Quédate donde estás y no empeores las cosas. Si Verena quiere desafiarme, se va a arrepentir».
Sin margen para discutir, Molly finalmente cedió. «Vale, lo entiendo. Me quedaré en casa».
Colgó el teléfono, pero la furia seguía ardiendo en su interior.
De repente, la puerta se abrió de un portazo.
Su secretario entró corriendo, con el pánico grabado en el rostro, sin rastro alguno de su habitual profesionalidad y calma.
Sherwood, que ya hervía de ira, le señaló con el dedo. «¿Quién te ha dicho que irrumpas aquí? ¿Te has olvidado de cómo funciona esta empresa? ¿Qué es esto, un mercadillo?».
El secretario balbuceó, tratando de recuperar el aliento. «Señor, lo siento, ¡pero es urgente!».
Sherwood estalló, decidido a descargar hasta la última gota de su furia. «¿Qué puede ser más importante que cumplir las normas más básicas del lugar de trabajo? ¡Adelante, dime cuál es esa supuesta emergencia! Y si tu razón no se sostiene, ¡no te vas a salir con la tuya sin consecuencias!».
Apenas capaz de mantener la voz firme, la secretaria soltó: «Señor, acabamos de enterarnos de que el Grupo Bennett se ha hecho con el proyecto que llevábamos tanto tiempo persiguiendo. Se nos ha escapado».
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