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Capítulo 792:
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Un hombre con gafas rompió por fin la tensión. «Jeff, te dejamos decidir a ti».
Los demás se apresuraron a seguirle, haciéndose eco del mismo sentimiento.
Isaac observó la escena durante un momento y, a continuación, colgó con calma.
Se levantó de su asiento, apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia delante, sin apartar nunca sus ojos oscuros de Jeff. «Señor Lee, ¿cuál es su postura? ¿Está dispuesto a trabajar conmigo?».
En ese instante, Jeff sintió cómo se le iba todo el color de la cara. Solo pudo maldecir en silencio su terrible mala suerte.
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¿Qué se suponía que debía hacer en una situación como esta?
¿Se podía siquiera llamar a esto una verdadera elección?
Con dos poderosas fuerzas cerrándole el paso desde distintos frentes, Jeff se vio completamente acorralado. Sabía que no le quedaba otra opción.
Este era el único camino que podía tomar.
Aunque su mente iba a mil por hora, sus labios se negaban a moverse, como si el pánico se hubiera tragado sus palabras.
En su cabeza, dos voces se enfrentaban, cada una desesperada por tomar el control.
Una le instaba, prácticamente gritando: «¡Di que sí de una vez! Asociarte con las familias Bennett y Sampson podría abrirte puertas que nunca habías imaginado. Si dejas pasar esta oportunidad, te quedarás atrás para siempre, por mucho que intentes ponerte al día».
La otra voz temblaba, cargada de temor. «Pero ¿y Sherwood? Sabes la influencia que tiene en el sur. Si te enfrentas a él, no dudará en arruinarte».
Su disputa le provocó a Jeff un dolor de cabeza palpitante que se negaba a remitir.
Recorrió con la mirada los rostros de sus colegas, en los que se leía tanto esperanza como preocupación. Sus miradas ansiosas le parecían un peso que le oprimía el pecho.
Cuando miró a Isaac, se encontró con que aquel lo observaba —con mirada firme e inquebrantable—, lo que dejó a Jeff sin ningún sitio al que recurrir.
Al final, Jeff exhaló un largo suspiro y tomó una decisión. Extendió la mano y estrechó la de Isaac. «Señor Bennett, nos sumamos. Trabajaremos con usted».
Isaac no pareció sorprendido en absoluto. Apretó la mano de Jeff y dijo: «Buena decisión, señor Lee. Estoy seguro de que esta colaboración hará que el proyecto destaque».
Mientras todo esto sucedía, Luis tenía sus propios asuntos que atender. De vuelta en el despacho del director general, terminó su llamada con Isaac y se frotó las sienes, tratando de aliviar la tensión que se acumulaba en su cabeza. Se había pasado toda la mañana pegado a su escritorio, con la mirada fija en el ordenador, y solo se había tomado un breve descanso para comer.
Luis tamborileaba con los dedos sobre el escritorio, creando un ritmo constante que resonaba en la silenciosa habitación. Sumido en sus pensamientos, frunció el ceño mientras planificaba su siguiente movimiento. La grabación que Howe le había entregado se había convertido en su arma más poderosa hasta el momento.
Nunca había deseado la muerte de Sherwood. Eso habría sido demasiado sencillo. Ver cómo se derrumbaba el mundo de Sherwood —obligándole a responder por cada uno de sus pecados mientras la opinión pública se volvía en su contra—: esa era la justicia que Luis quería.
Pero para meter a Sherwood entre rejas, necesitaba pruebas irrefutables. El conductor y el médico implicados en la desaparición de Verena: Luis sabía que eran las piezas que faltaban.
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