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Capítulo 760:
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En ese instante, el mundo no albergaba nada más que a ella y la frágil vida que albergaba en su vientre. Aceleró el paso hacia la puerta. Se olvidó por completo de que, por lo general, dependía de una silla de ruedas para desplazarse con rapidez. Ahora, sus piernas lo llevaban hacia delante sin vacilar. Atravesó el pasillo a zancadas, mientras la luz de la luna alargaba y acortaba su silueta como si pusiera a prueba su determinación.
Sus brazos se tensaron y el sudor brotaba de su frente al mismo ritmo que el de ella —ya fuera por miedo o por el esfuerzo, no lo sabía—.
Solo cuando el viento frío de la entrada de la villa le azotó el rostro se dio cuenta de que había recorrido toda la distancia sin ayuda.
Pero, milagro o no, no le dio importancia. Su mundo era Verena. Al llamar al chófer, su mirada nunca se apartó del pálido rostro de ella, y su voz temblaba al borde de la orden.
El chófer se apresuró a acercarse, pero se quedó paralizado ante la escena que tenía ante sí: Isaac, que había estado atado a una silla, ahora se mantenía erguido con Verena en brazos. La sorpresa le hizo abrir mucho los ojos y sus palabras salieron entrecortadas. «Señor Bennett… ¿usted… puede mantenerse en pie?».
Sin embargo, la urgencia del momento aplastó su asombro. Su mirada se dirigió rápidamente a Verena, y el pánico se impuso a la incredulidad. «¿Qué le ha pasado?».
Isaac no tuvo tiempo de explicarlo. Frunció el ceño y su voz sonó afilada como una cuchilla. «No te quedes ahí mirando. ¡Llévanos al hospital, ahora mismo!».
Se dirigió hacia el garaje, con pasos rápidos pero cautelosos, protegiéndola de cada sacudida.
El chófer, sobresaltado, se subió al coche y forcejeó con las llaves hasta que el motor rugió por fin al arrancar.
Los neumáticos chirriaron mientras el vehículo se adentraba en la noche.
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Durante todo el trayecto, Isaac mantuvo a Verena cerca de él, con una mano posada sobre su vientre y la voz en un murmullo constante. «Verena, no tengas miedo. Ya casi hemos llegado. Aguanta un poco más».
Pero el temblor de sus dedos delataba el miedo que tanto se esforzaba por ocultar.
La sala de urgencias estaba bañada por una luz blanca y intensa, y el olor penetrante del desinfectante le punzaba los sentidos con cada respiración.
En cuanto Isaac salió del coche, cogió a Verena en brazos y se precipitó hacia la entrada del hospital, moviéndose tan rápido que parecía como si el aire se abriera ante él.
El pánico se le aferraba con fuerza al pecho. Gritó pidiendo ayuda con desesperada urgencia, con la voz quebrada bajo el peso del miedo. Las enfermeras se apresuraron a acudir con una camilla, e Isaac depositó con cuidado a Verena sobre ella, con las manos temblorosas mientras mantenía la mirada fija en su rostro pálido y exhausto. Cuando las enfermeras la llevaron en la camilla a la sala de exploración, su corazón latía con tanta fuerza que le parecía que iba a estallar.
Se quedó allí, paralizado, presa de un terror gélido que nunca antes había sentido.
Incapaz de quedarse quieto, Isaac empezó a dar vueltas por el pasillo de fuera. Cada paso era frenético e inquieto, y en medio del caos, apenas se dio cuenta de que su propia recuperación se le escapaba de la mente.
Una y otra vez, se detenía para mirar fijamente las puertas cerradas de la sala de exploración. Apretaba los puños con tanta fuerza que se le ponían blancos los nudillos.
El sudor brotaba de su frente, resbalando por sus mejillas y empapando el cuello de su camisa.
Cada segundo que pasaba se hacía eterno, lento y tortuoso, como si el tiempo mismo quisiera castigarlo.
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