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Capítulo 716:
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Ante eso, Luis por fin posó la mirada en ella.
Se había sentado en la cama, con las manos descansando ligeramente a los lados y las piernas cruzadas, dejando al descubierto unos tobillos esbeltos. Su postura era lánguida, pero magnética, y atraía la atención sin esfuerzo. Al moverse, la bata de seda se deslizó de un hombro, dejando al descubierto un trozo de piel suave.
Miranda ladeó la cabeza, con los labios curvados en una sonrisa burlona y la mirada fija en Luis, sin avergonzarse de su encanto.
A Luis se le cortó la respiración y el corazón se le salió del ritmo. Verena tenía razón: Miranda era una zorra a plena vista. El recuerdo de las palabras de Verena provocó un breve destello de irritación en sus ojos.
Se acercó y se detuvo frente a Miranda.
Su alta figura se cernió sobre ella cuando se inclinó ligeramente, clavando la mirada en la de ella. Algo centelleó en sus ojos —chispas enmascaradas por la sombra—, lo que hacía difícil descifrar sus sentimientos.
Sus labios se entreabrieron. Cuando habló, su voz era grave, burlona en apariencia, pero inquisitiva en el fondo. «Señorita Brown, he oído que esta noche se sentía tan sola que, si yo no hubiera venido, habría buscado a otro hombre en mi lugar».
¿Qué tontería era esa?
Miranda parpadeó, con la sorpresa reflejada en su rostro y la inocencia brillando en sus ojos claros. «Solo te pedí que vinieras a verme al hotel. Nunca dije nada por el estilo».
El silencio que siguió lo decía todo: ambos se dieron cuenta de que las palabras de Verena habían sido una exageración que se alejaba de la verdad.
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Miranda fue la primera en recuperarse y se echó a reír. «Debería darle las gracias a mi querida amiga por dar un pequeño empujón a los acontecimientos». Levantó la barbilla, con los ojos chispeantes de picardía, y un tono lánguido pero provocativo. «Bueno, señor Sampson, ¿ha venido corriendo aquí por celos? Parece que se preocupa por mí más de lo que admite».
Sus delgados dedos se deslizaron por su corbata, rozando ligeramente su nuez de Adán, un contacto que era a la vez casual y deliberado.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y una leve neblina empañó su mirada.
A esa distancia, percibió la mezcla de aromas de su gel de ducha y su propia fragancia: sutil, pero embriagadora.
Luis, instintivamente, le colocó un mechón suelto detrás de la oreja, con la nuez de Adán moviéndose mientras su mirada se oscurecía.
No respondió. En su lugar, le levantó suavemente la barbilla con la mano mientras se inclinaba hacia ella, como si fuera a reclamar sus labios.
Los ojos de Miranda brillaron con diversión. Con la soltura que le daba la experiencia, se echó hacia atrás, esquivándolo.
En su lugar, sus labios rozaron su mejilla, dejando un rastro cálido en su piel.
La marea primitiva que había en su interior se agitó, y aquel breve contratiempo no hizo más que avivar las llamas.
Le posó una mano con suavidad sobre el hombro y la recostó sobre la cama.
Miranda se hundió en el colchón, cuya suavidad la acunaba mientras su cabello se extendía sobre las sábanas de seda como la pincelada de un pintor. Luis se inclinó sobre ella, su cuerpo rodeando el de ella, con una postura inequívocamente dominante.
Movió su larga pierna, separando sus rodillas de forma natural, mientras sus manos se afianzaban con firmeza a ambos lados de ella, con las venas marcadas por la tensión.
El silencio se hizo más denso, roto únicamente por los latidos de sus corazones.
A medida que él se acercaba, con sus alientos entremezclándose, los labios de Miranda esbozaron una sonrisa pícara.
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