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Capítulo 653:
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Su otra mano se movió ligeramente; entonces se oyó un sonido seco en el silencio del estudio. Le habían desabrochado el cinturón. Aquel ruido repentino sobresaltó a Isaac, una chispa de electricidad que atravesó la neblina, arrastrando su razón de vuelta desde el abismo.
La respiración se le entrecortaba, el pecho se le agitaba y el sudor se le acumulaba en la frente.
Con temblorosa moderación, le agarró la mano en pleno movimiento.
—Verena, no…
Ella apartó los labios de los suyos, sin apartar la mirada de él.
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—Isaac, quiero estar más cerca de ti. ¿Es eso tan malo?
Sus ojos brillaban como el rocío, y a él se le encogió el corazón al verlos.
Cualquier otro día, nunca se lo habría negado.
Pero esto era diferente.
Apretando los dientes, con la resignación grabada en sus rasgos, suspiró y bajó la mirada hacia su vientre abultado. Su voz, ronca y desgarrada, solo dijo: «El bebé…»
Verena se quedó paralizada un instante, pero el brillo de sus ojos no se desvaneció; más bien se intensificó, travieso y decidido.
Inclinándose una vez más, le acarició el rostro con las palmas de las manos. Su sonrisa transmitía tanto orgullo como una calidez burlona. «No lo olvides, soy médica».
Una oleada de calor recorrió el pecho de Isaac, amenazando con estallar en llamas. Confiaba en su criterio: ella conocía los límites mejor que nadie.
Pero, aun sabiéndolo, no podía confiar en sí mismo.
Isaac frunció profundamente el ceño mientras contenía su deseo, y a Verena aquella imagen le pareció a la vez tierna y lastimera, como una risa atrapada en medio de la compasión.
Inclinándose hacia él, apoyó suavemente su frente contra la de él.
Sus frentes se tocaron ligeramente, compartiendo un momento fugaz pero íntimo. En un susurro tan suave como el susurro de las hojas, dijo: «Está bien, dejaré de tomarte el pelo. Tenemos toda una vida por delante».
Al día siguiente, en el Hospital Evelyn Model…
El embarazo de Verena avanzaba, lo que hacía que cada paso le resultara más pesado y torpe.
Su paso, antes ágil y elegante, se había ralentizado, y su carga de trabajo en el hospital tuvo que reducirse considerablemente.
Aquella mañana, Verena entró en el quirófano.
Esta vez, no era ella la cirujana que empuñaba el bisturí. En su lugar, se sentó cerca, guiando a los residentes en prácticas a lo largo de la intervención.
El quirófano resplandecía bajo las intensas luces. Los instrumentos emitían sonidos constantes y rítmicos, llenando el aire de una tensión solemne.
Los residentes estaban totalmente absortos, desempeñando sus funciones con esmerado cuidado.
Vestida con una impecable bata blanca, con la figura marcada por el suave redondez del embarazo, Verena se sentó erguida en una silla especialmente diseñada, con la mirada fija mientras seguía cada movimiento en la mesa de operaciones.
Uno de los residentes sostenía un bisturí; le temblaban las manos y el sudor le perla en la frente —una clara muestra de los nervios a flor de piel—. Sus ojos iban de un lado a otro, entre la incisión y Verena.
Intuyendo su ansiedad, Verena se inclinó ligeramente hacia delante, con voz tranquila y tranquilizadora. «No te preocupes. Mantén la mano firme, solo sigue los pasos que hemos repasado».
Señaló una zona clave, dirigiendo su atención hacia el punto crucial de la intervención.
A su lado, otro estudiante de prácticas estaba suturando; sus movimientos eran torpes y la tensión de cada puntada era vacilante y desigual.
Verena frunció ligeramente el ceño. «Al suturar, mantén una presión uniforme y asegúrate de que las puntadas estén espaciadas de manera constante. Eso garantiza una mejor cicatrización posterior».
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